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Un viaje interior por el desierto

La esencia del Marathon des Sables

Elena Moro

Fotos: Marta Bacardit/MDS2019
Fotos: Marta Bacardit/MDS2019

Desde el cielo, con la perspectiva de un dron, se ve una mancha de colores que rompe la vasta monotonía del desierto. Según nos acercamos, el zoom desvela que lo que parecen hormigas, ordenadamente dispuestas en filas y columnas como una legión romana, son personas. Casi ochocientas, los participantes de la 34 edición del Marathon des Sables. 7 de abril. 9 AM. El Borouj, Sáhara marroquí. Todo está dispuesto para el pistoletazo de salida de la prueba por antonomasia del desierto. Los corredores han dejado las jaimas en las que pasan la noche, que ya recogen rápidamente las “termitas" (el equipo de bereberes encargado de montar y desmontar el bivouac, y que trabaja con la misma ferocidad y velocidad que estos insectos), y se dirigen entre nerviosos y emocionados al arco inflable que marca el punto de inicio de la primera etapa de la seis que tienen por delante. La comitiva oficial del Reino de Marruecos también ha llegado, han desplegado una alfombra roja sobre la arena y un toldo bajo el que han colocado una gran foto de Mohamed VI, y donde los representantes del Ministerio de Turismo y mandatarios varios se cobijan del sol. El Reino de Marruecos ha apoyado desde hace años el MDS, un buen modo de difundir las bondades y posibilidades de aventura de su país. Los vehículos del ejército de la Fuerza marroquí que se encargan de la seguridad también están preparados para escoltar a la comitiva hasta la meta. Médicos, comisarios de carrera, prensa, todos los miembros de la organización (400 personas) –excepto las “termitas", que continúan con su labor sin inmutarse- estamos también listos. Todos deseando que comience ya esta larga y exigente travesía por el desierto. Les esperan 250 km divididos en seis etapas, una de ellas non-stop, y en condiciones de autosuficiencia.

UN VIAJE INTERIOR

UN VIAJE INTERIOR

Los atletas que tienen posibilidades se van colocando en primera fila, como los marroquíes liderados por los hermanos El Morabity, viejos conocidos del MDS, que empiezan a bailar y cantar animando el ambiente, y el resto de corredores les sigue. Hasta Ragna Debats, la holandesa afincada en España, abandona por un momento su rictus serio y concentrado y se balancea al son de los cánticos locales.
Queda aún media hora para el comienzo, y la figura principal del evento, Patrick Bauer, el creador de esta mítica prueba, está ya subido al techo del camión improvisado como púlpito. Levanta los brazos, se hace un silencio, parece un sacerdote laico dispuesto a soltar su sermón. En este caso destila palabras motivadoras para todos los que se enfrentan a “este viaje introspectivo, espiritual" que él mismo afrontó hace 34 años. Esta es la esencia verdadera del Marathon des Sables, “un viaje interior y personal", la filosofía de esta prueba que Patrick Bauer quiere y consigue transmitir.

UN VIAJE INTERIOR

UN VIAJE INTERIOR

Patrick Bauer, el hombre que amaba demasiado

La vida de Patrick Bauer da para escribir un libro, al igual que la vida de uno de sus íntimos amigos y colaboradores, representante del MDS en España, Olivier Sepulchre (pero eso ya es otra historia). Olivier, “Oli" para los amigos, y Cova, su mujer, llevan acompañando a Bauer casi desde el origen del MDS. En el viaje de ida al desierto me van desgranando la historia del MDS. Francés, Patrick Bauer vendía enciclopedias en las escuelas de África, cuando sintió la llamada del desierto y decidió cambiar de vida. Tenía 28 años cuando decidió coger una mochila y recorrer en solitario 350 km por el desierto, con la comida y bebida que pudiera llevar encima, ya que no iba a pasar por aldeas o puntos por donde coger agua. La travesía duró 12 días. Fue el embrión del Marathon des Sables.

Patrick Bauer vendía enciclopedias en las escuelas de África, cuando sintió la llamada del desierto y decidió cambiar de vida. Tenía 28 años cuando decidió coger una mochila y recorrer en solitario 350 km por el desierto, con la comida y bebida que pudiera llevar encima.

La experiencia le cambió y le aportó tanto que, al contársela a sus amigos al regresar a Francia, despertó en ellos el deseo de hacerla también. Y no es de extrañar que les motivara con el entusiasmo contagioso que desprende. Al año siguiente, 1986, 23 personas entre amigos y conocidos se apuntaron a la travesía. Oli y Cova, que llevan viviendo ya 20 ediciones de la prueba, recuerdan esos prolegómenos: “los participantes que venían eran muy especiales, con un punto de locura, aventureros, gente muy diversa… Y por supuesto, no llegaban al desierto por el puro aspecto deportivo, era más un reto personal y una manera de experimentar ese viaje interior".

Y en cuanto el equipo que llevaban, por supuesto el opuesto al minimalismo de moda: grandes mochilas de trekking y botas de montaña… Nada de peleas con la báscula… Y aunque desde hace unos años también se ha convertido en un reto físico, de resistencia, la esencia que quiere mantener Patrick es la de esa travesía que deja huella en el alma, más que en el cuerpo. Para la organización del MDS es fundamental el espíritu deportivo y la solidaridad entre los corredores, miembros de la organización y población local. No se ha hecho un “veni, vidi, vici", sino que ha dedicado parte de sus ingresos a tratar de mejorar la calidad de vida de los habitantes de la zona. En 2010 se creó la “Asociación Solidarité Marathon des Sables", un centro para transmitir los valores fundamentales a través del deporte a niños entre 3 y 11 años; también han ayudado a las mujeres locales a encontrar un medio de subsistencia fabricando artesanía que luego venden en los hoteles, entre otros muchos proyectos, y en 2013 se estrena una última etapa “Charity" patrocinada por Unicef.

Oli ya me había advertido del generoso carácter de Patrick: “Patrick ama a la gente, hace esto por ellos, disfruta, se emociona y llora con los participantes. Ama esta prueba, pero sobre todo ama a la gente, lo hace por ellos. Ha perdido dinero con la carrera, ha estado a punto de perderlo todo, pero su pasión por esta prueba le hace salir adelante". Y así lleva 34 ediciones… con esa misma pasión, y siempre con ideas nuevas para sorprender a los corredores: “Un año trajo a parte de los integrantes de la orquesta de la Ópera de París a tocar una noche en el desierto, fue una noche mágica", continúa Cova. Una personalidad arrolladora… Puedo dar fe de ello, y de que no es una pose, es algo natural y sincero. Que un organizador después de 34 años vaya a recibir a todos –y cuando digo todos es a todos, a los ochocientos corredores- y a toda la prensa al aeropuerto, cuando es el primero en pie y el último en acostarse, cuando te trata como si fueras el único medio que ha ido a cubrir el evento (éramos 78 medios de todo el mundo), cuando le ves haciéndose fotos con la gente, preocupándose por cada uno de los corredores y por averiguar su historia, te das cuenta de que este francés que tiene en el desierto su segunda casa, es especial.

UN VIAJE INTERIOR

UN VIAJE INTERIOR

Quedan 5 minutos para el pistoletazo de la primera etapa, 32, 2 km de El Borouj a Tisserdimine, puerta a las espectaculares dunas de arena naranja de Erg Chebbi, que atravesarán en la segunda jornada. Suena el inevitable “Highway to Hell", quizás aquí con más sentido que nunca, porque hay que enfrentarse a temperaturas de más de 40ºC en algunas horas del día- y el maestro de ceremonias canta la cuenta atrás: 3, 2, 1… Alleeeezz! La legión internacional de corredores comienza a moverse, pasan por debajo del arco, unos corren, otros caminan, Patrick Bauer permanece subido en el camión-púlpito, con los brazos en alto, esperando a que cruce por el arco el último de ellos… Luego se queda un rato mirando al pelotón perdiéndose en el horizonte. Cuando me acerco a él le veo bajar del camión, secándose las lágrimas… Una nueva edición del Marathons des Sables ha comenzado.

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Con Patrick Bauer, el fundador del MDS Foto: Marta Bacardit

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