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Una bala de cañón en la mochila

Como buen corredor de trail, uno siente aversión por el gimnasio

ROBERTO PALOMAR. ILUSTRACIÓN: CÉSAR LLAGUNO.

Ilustración César Llaguno . Una bala de cañón en la mochila
Ilustración César Llaguno . Una bala de cañón en la mochila

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Como buen corredor de trail, uno siente aversión por el gimnasio. Como buen corredor de trail, uno sabe que el gimnasio es un complemento perfecto para nuestras correrías y que es necesario incluirlo en una rutina de entrenamiento. Como buen corredor de trail, la primera sesión que uno se salta es la del gimnasio. Porque si el día amanece bueno, cómo vas a dejar pasar esta mañana tan magnífica sin salir al monte y te vas a meter en el gimnasio. Y si el día está malo, con frío o con lluvia, pues también tiene su gracia salir ahí fuera. Somos corredores de trail, diablos. Siempre salimos. Cualquier excusa es buena antes de encerrarse entre cuatro paredes a mover hierro.

"Eso que haces de correr casi todos los días está muy bien", me advertían los colegas. "Pero no es suficiente". Andaban colocándome toda la propaganda sobre las bondades del entrenamiento de fuerza. "Tienes que ir al gimnasio o vas a ser un viejo corredor rígido y gruñón". Y tenían razón. Lo intenté. De verdad que lo intenté con todas mis fuerzas (pocas, porque no hacía "ejercicio de fuerza"). Pero no me salía.

Entrar en el gimnasio era igual a tristeza. Probé hasta con el CrossFit, por aquello de no vivir amarrado a una mancuerna. Y la mejor parte era cuando el sargento decía "una vuelta corriendo a la manzana y luego dominadas". Yo era feliz corriendo y la gente era feliz con las dominadas. Tenía que salir de allí. Era un pez fuera del agua. Un buen día se presentó un colega en casa: "Tú lo que necesitas es esto". Y sacó una bala de cañón del maletero. Una pesa rusa. Una kettlebell. "Coge la puñetera bola, sube a tu puñetero monte y mueve la maldita pesa".

Estudié la herramienta en profundidad. Lo leí todo y vi todos los tutoriales. Kettlebell: la navaja suiza del gimnasio, dicen. Solo necesitas un metro cuadrado e ir adquiriendo la técnica para manejarla al tiempo que ganas fuerza y movilidad. Sin cuotas. Sin estar encerrado entre cuatro paredes.

Tras unas cuantas sesiones en el patio para familiarizarme con el instrumento hice, literalmente, lo que me recomendó mi colega. Envolví la bola de 12 kilos en toallas para que no me golpease la espalda, la metí en la mochila y subí caminando a una cumbrecita cercana con vistas al cañón del río Júcar.

Vi un zorro que siempre merodea por allí, un corzo y, ya arriba, los buitres. No recuerdo haber contemplado nada de esto en el gimnasio. Saqué la pesa de la mochila y en lo alto, junto al pedrolo que marca la cima, desarrollé, en media hora, una de esas rutinas que llaman "full body". Lo tenía todo: el maldito entrenamiento de fuerza y una de las mejores vistas de la Península Ibérica.

Tardé bastante tiempo en notar los beneficios de la bala de cañón, pero perseveré. Era eso o poner la kettlebell en Wallapop.

Después de tanta sentadilla y de tanta zancada sujetando la bola, corría o pedaleaba con las piernas de madera. "Estoy cansada de estar cansada", como diría la gran Mayte Martínez. Pero todo se ha ido balanceando. La redonda se ha vuelto más liviana y manejable, las piernas pesan menos y parece que hay una cierta movilidad que antes no percibía. También gruño menos.

Me he hecho amigo de la bola. Se llama Paca. Y pronto va a aumentar la familia con una hermana de 16 kilos, porque ya hay movimientos donde la Paca se queda corta.

Encontré mi herramienta justo a tiempo, pasados los sesenta. Estaba destinado a ser solo un viejo y lento corredor. Ahora sigo siendo un corredor lento. Y también un poco más fuerte. Ya soy uno de esos atletas que llaman híbridos. Eso sí, con vistas al monte. Gracias, Paca.

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