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El báculo de tu vejez

Habrá un día en que debas dejar esa soberbia. Los cuádriceps tendrán menos tono, la agilidad en las bajadas se habrá ido, qué sé yo

LUIS ARRIBAS

El báculo de tu vejez. Fotografía Ribera Run Experience 2017. Diego Winitzky
El báculo de tu vejez. Fotografía Ribera Run Experience 2017. Diego Winitzky

Habrá un día en que debas dejar esa soberbia. Los cuádriceps tendrán menos tono, la agilidad en las bajadas se habrá ido, qué sé yo. A lo mejor ves como se amontonan los minutos en esa subida controlada que antes te desayunabas en cuarenta y nueve minutos. Tu Strava marca una bella tendencia descendente porque la chispa se va. O sencilla y llanamente, comprobaste que terminas con menos daño muscular si —quieto todo el mundo— usas los bastones.

Es difícil. Asumir que existe una ayuda técnica tira muchas concepciones previas. Hubo unos días en los que defendías a capa y espada que mejorabas la técnica de subida apoyándote sobre los cuádriceps. Y era verdad. Del mismo modo te tirabas senda abajo cada día con una técnica más depurada, entrenada, definitiva. No querías hablar de usar palos.

Luis Alberto los usaba con éxito. Thevenard los añadía a su mochila hiperligera. Cada día iban pasándose al otro bando . Frente a ellos resistían gráciles y sin bastones Kilian Jornet y Zach Miller y Jim Walmsley y ¡ah, rayos!, ¡Walmsley con bastones en el UTMB! La cuestión tomaba tintes de guerra ética a la que las opiniones se iban adscribiendo de uno y otro lado.

En puridad, todo aquello era un divertido debate de juventud. Esta revista apenas empezaba a circular. Todos teníamos las bielas engrasadas y nuestros zambombazos y pájaras eran un cachondeo del que nos reíamos sin vergüenza. Bendita época dorada.

Personalmente, mi catarsis vino al comprobar que, en un recorrido de ocho o nueve horas, podía fácilmente morder media hora con la ayuda de los benditos bastones. Sin alardes. Simplemente impulsando en las bajadas y apoyando mi esfuerzo en las subidas. Para más inri, cómo me quedaron las piernas de doloridas en ambos esfuerzos arrojaba un saldo favorable al uso de palos. ¿Le interesa a alguien saber cuál fue la diferencia concreta? La diferencia era recorrer molido los últimos descensos del Pirineo o poder correrlos con cierta agilidad. Hablando en plata: mientras que en 2016 había penado como un acémila descendiendo del refugio de Prat d’Aguiló hasta tocar fondo en Martinet, mientras que la estructura muscular de mi cuerpo finalizaba hecha una auténtica mierda, en 2017 pude disfrutar de la bajada por los pinos y senderos del tramo.

En igualdad de condiciones, lo puedo asegurar (en condiciones de trailrunner birria, según podría demostrar con las mismas miserias de entrenamiento y ritmos). Con los bastones, según mi experiencia, vinieron beneficios ergogénicos añadidos. Todos ellos encaminados a que mi cuerpo reviejo sufriera menos. Poder cambiar la postura de los músculos dorsales y lumbares, en determinado momento de la vida, es un alivio. Y ya, para rematar, dejó de importarme si consideraba los bastones como apoyo externo. Del mismo modo nos ayudamos de un chaleco de hidratación, de la misma hidratación, hasta de no correr descalzos. Si este inoportuno periodista se merecía disfrutar de largas sesiones por la amada montaña, si quería ser un espectador de excepción de esas grandes rutas, de las batallas por el podio, más valía que echase unos telescópicos a la mochila.

Es probable que esta columna pase desapercibida si has salido disparado a las páginas de reportajes, grandes competiciones y maravillosas fotos. No es momento de regañar a nadie.

Cuando repases las revistas atrasadas, con la perspectiva del tiempo y espero que no con la de una lesión, estas líneas tomarán un poco más de sentido. Significará que sigues en activo, lo que es bueno, y significará que ya eres viejo, lo que es fabuloso.

Experiencia trail con D.O. en Ribera de Duero. Fotografía Pablo Barrionuevo

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