Minimalismo en la montaña

¿Están tus pies preparados para adaptarse a la falta de amortiguación de las zapatillas minimalistas?
Daniel Martinez Silván -
Minimalismo en la montaña
Minimalismo en la montaña
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Matavenero, un pequeño pueblo escondido en las montañas de la comarca leonesa de El Bierzo, fue repoblado por una comunidad de gente naturista allá por los años 80 tras más de 30 años de abandono.

Cuando siendo aún un niño lo visité por primera vez, lo que más llamó mi atención no fue el espectacular paisaje ni aquella novedosa forma de vida, sino el hecho de ver a niños como yo jugando y correteando por la calle descalzos.

Para mí era algo inconcebible caminar entre las rocas y trepar a los árboles sin la ayuda de mis últimas zapatillas con cámara de aire de las que tan orgulloso estaba. Solo pensar el daño que debían hacerse en los pies y lo difícil que debía ser saltar y correr de aquella manera, hacía que me dieran pena aquellos pobres niños por no ser tan afortunados como yo de tener acceso a un calzado “como Dios manda”.

Con el paso de los años entendí que en el fondo el calzado atrofia y hace vaga la musculatura de nuestros pies, y que es necesario estimularla para aprovechar al máximo sus posibilidades. Si nuestros antepasados y aquellos niños eran capaces de hacer todo descalzos, ¿por qué no iba a hacerlo yo? Así que poco a poco  empecé a caminar mucho más tiempo descalzo: por casa, en la playa, e incluso a veces hasta por la calle. 

Meses después, cuando ya creí que mis pies estaban adaptados por completo, tuve que caminar unos 300 m descalzo por un sendero de montaña, y fue entonces cuando descubrí que aquello no era tan sencillo como parecía. El suplicio que supuso notar el filo de cada piedra clavándose en mis pies y el dolor en mis talones toda la semana siguiente, me sirvió para comprender que caminar descalzo es mucho más que una moda o  una tendencia, y que no es ni siquiera cuestión de entrenamiento.

Es una cuestión de aprendizaje, al igual que sucede con el lenguaje: si se aprende un idioma siendo niño, se hace de forma natural y sin esfuerzo, pero según pasan los años la dificultad va creciendo y como mucho aprendemos cuatro palabras sueltas y mal pronunciadas que apenas nos sirven para comunicarnos en modo indio.

Pero, ¿de dónde viene esta supuesta moda de caminar y correr descalzo o con calzado minimalista? Para comprenderlo debemos remontarnos casi 30.000 años atrás, que es cuando se tiene constancia de la aparición del calzado en forma de sandalias. Éstas servían en un inicio como protección contra heridas, contusiones, etc., y para facilitar los desplazamientos en terrenos rocosos o demasiado calientes como la arena de la playa.

Pero con el tiempo el calzado fue tomando un matiz más estético y social, llegando a suponer incluso en nuestros días un símbolo de estatus. En lo que a calzado deportivo se refiere, el gran boom del calzado se produjo en los 70, cuando las grandes marcas se dieron cuenta de las posibilidades que ofrecía un negocio que podía llegar a millones de corredores en todo el mundo.

Fue entonces cuando surgió el primer calzado específico de running, con mucha más amortiguación y confort, que permitía correr muchos más kilómetros con mayor comodidad, y que supuestamente protegía al cuerpo contra las lesiones causadas por el impacto. Desde entonces, la industria del calzado deportivo ha desarrollado multitud de tecnologías, y cada año surgen nuevas zapatillas cada vez más específicas que controlan la  pronación, la estabilidad, la amortiguación del antepié o que incluso “tonifican los glúteos”.

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Pero la realidad es que los estudios científicos serios hechos hasta la fecha nos dicen que esto no ha supuesto
una disminución en el índice de lesiones, sino más bien un aumento de las lesiones por sobrecarga (fracturas de estrés, periostitis, fascitis, etc.). Este hecho, que en principio parece contradictorio, puede tener varias explicaciones:

1. Independientemente de la forma de pisar o del control que sobre ella hagan las zapatillas o plantillas, el  número de kilómetros que corremos hoy en día es en muchos casos excesivo para las condiciones físicas de la mayoría de runners aficionados, por lo que a mayor número de impactos, mayor riesgo de lesión por sobrecarga.

2. El calzado hiperamortiguado e hiperestabilizado ha hecho que las estructuras responsables de la  amortiguación y estabilización en nuestros pies (músculos, tendones y ligamentos) se hayan acomodado a “no trabajar”, por lo que han derivado ese trabajo a otras estructuras de la pierna no preparadas para ello, y que por tanto son más susceptibles de lesionarse.

3. Los estudios biomecánicos realizados sobre la marcha y la carrera han demostrado que el calzado ha  alterado la forma natural de la pisada, haciendo que el impacto se produzca principalmente con la zona del talón, lo cual supone una transmisión de fuerzas hacia rodillas y caderas que puede llegar a alcanzar hasta 3 veces el peso corporal. De esta manera se pierde la capacidad de amortiguación que da el tobillo si el apoyo se realizara con la parte anterior del pie, por lo que aunque el calzado es capaz de amortiguar en torno al 10% del impacto, éste sigue siendo mucho mayor por el mero hecho de realizarse sobre el talón.

Todos estos inconvenientes del calzado tradicional han hecho emerger una corriente defensora del conocido como “natural running”, basado en los beneficios que puede aportar el hecho de correr descalzo. Para ello han desarrollado lo que se conoce popularmente como “calzado minimalista”, que deja a un lado la amortiguación y la estabilidad, y cumple únicamente una función protectora como lo hacía el calzado original.

Sin embargo, este tipo de calzado implica un cambio importante en la forma de correr, ya que está diseñado para que el impacto se realice con la parte anterior del pie en lugar de con el talón, porque éste no está diseñado ello. Por esta razón han empezado a surgir numerosos estudios científicos tratando de demostrar los beneficios de correr descalzo frente a hacerlo con el calzado tradicional, que nos dejan algunas conclusiones interesantes:

1. Al contactar con el antepié, la fuerza de colisión contra el suelo es mucho menor que con el talón, por lo que  los tobillos, rodillas y caderas reciben menos carga.

2. Correr descalzo hace que aumente la frecuencia y disminuya la longitud de zancada, y también provoca que la fuerza de impulso sea mucho mayor.

3. Las presiones que ejerce la planta del pie se distribuyen por todo el arco plantar de manera más uniforme, mientras que con el calzado éstas se concentran principalmente en el talón durante el impacto.

4. El tiempo de contacto del pie en el suelo es mucho menor cuando corremos descalzos, por lo que la  eficiencia de carrera es mucho mayor y disminuye el gasto energético que provoca cada zancada.

5. Por último, parece ser que correr descalzo provoca menos sobrecarga muscular que hacerlo calzado, por lo que la musculatura se fatiga menos y tolera mejor el esfuerzo.

Por lo tanto parece ser que volver a nuestros orígenes y empezar a utilizar de nuevo nuestros pies nos puede reportar grandes beneficios, pero… ¿realmente estamos preparados para ello? Y ahora que está tan de moda el término… ¿somos capaces de desaprender a caminar?

Ojalá pudiera ser así, pero la realidad es que todo el que lea estas líneas tendrá tantos miles de kilómetros en sus pies calzados, que intentar a estas alturas quitarles ese medio de protección sería un riesgo demasiado caro. Empezar a correr de una manera tan diferente a lo que llevamos años haciendo puede suponer tanto estrés a nuestros huesos, músculos y  articulaciones, que sufriríamos de igual modo otras lesiones por sobrecarga, si bien probablemente diferentes a las que se producirían por correr con las clásicas zapatillas de running.

El caso es que hoy en día cada vez que vuelvo a Matavenero, me encanta sentarme a observar a los que hace años eran niños como yo, y ahora caminan descalzos con sus bebés en brazos. No parecen preocupados por la estética, ni tampoco tienen pinta de grandes atletas, pero me cuesta imaginarlos con zapatillas para pronadores.

Quizá no tengan la más remota idea de que son “minimalistas”, pero aquellos que hace años me daban pena por no ir calzados “como Dios manda”, hoy me dan envidia por ser capaces de hacer algo de lo que yo ya no seré capaz. Aún así, seguiré caminando descalzo y utilizando mis zapatillas minimalistas de vez en cuando, no quiero que mis pies se vuelvan vagos…

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