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Hay momentos en los que uno es plenamente consciente de que está viviendo un antes y un después. No sucede muchas veces en la vida. A veces ocurre tras una pérdida, otras después de una alegría inmensa. En mi caso, sucedió contemplando el fuego devorar las montañas de El Bierzo. Mientras las llamas avanzaban el verano pasado, comprendí que, pasara lo que pasara, nada volvería a ser igual.
No era únicamente el paisaje el que estaba desapareciendo. Ardían siglos de historia, de biodiversidad y de memoria colectiva. Ardían los senderos por los que habíamos caminado desde niños, los castaños centenarios, los robledales, las brañas, los refugios de una fauna que nunca ocupa titulares pero que paga el precio más alto de cada incendio.
Este verano ha comenzado con una inquietante sensación de déjà vu
Pocas veces pensamos en el sufrimiento silencioso de los animales. En los corzos huyendo sin encontrar salida. En los jabalíes atravesando carreteras desesperados. En las aves viendo desaparecer sus nidos. En reptiles, insectos y pequeños mamíferos que simplemente no tienen ninguna posibilidad frente a un frente de fuego de kilómetros de longitud. Cuando termina un incendio solemos contar hectáreas. Deberíamos empezar a contar vidas.
Una profunda huella
Frente a esa tragedia hubo algo que, sin embargo, también dejó una profunda huella: la respuesta de la gente de los pueblos. Vi vecinos organizándose sin preguntar de quién era la finca. Vi personas agotadas que llevaban horas sin dormir defendiendo sus casas, sus montes y el legado de generaciones enteras. Vi solidaridad, valentía y una dignidad que pocas veces aparece en los discursos oficiales. Y, al mismo tiempo, vimos algo que desgraciadamente tampoco fue nuevo: la sensación de abandono institucional.
Quienes vivimos aquellos días recordamos perfectamente la impotencia. Recursos insuficientes, decisiones tardías, una coordinación discutible y demasiadas explicaciones cuando lo que hacían falta eran medios. Los vecinos sintieron que estaban, una vez más, demasiado solos defendiendo un patrimonio que pertenece a todos.
Cuando por fin se apagaron las llamas parecía que había nacido un enorme malestar social. Existía indignación. Existían preguntas. Existía la impresión de que aquella tragedia marcaría un punto de inflexión. Pero no fue así.
Poco a poco llegaron otras noticias, otras urgencias, otros debates. El humo desapareció del cielo y también del debate público. No surgió un movimiento ciudadano capaz de transformar aquella indignación en una exigencia permanente de mejores políticas forestales, de una gestión del territorio más inteligente y de una verdadera prevención. Y, sin embargo, las montañas seguían allí.
Durante todo este año he recorrido muchas veces esos montes quemados. He querido volver una y otra vez, quizá para convencerme de que la naturaleza siempre encuentra la manera de levantarse, quizá porque necesitaba comprender la magnitud de lo ocurrido.
He visto cómo el invierno, con su nieve, lograba durante unos días ocultar la herida. Desde la distancia parecía que todo volvía a ser hermoso, como si aquel manto blanco pudiera borrar el negro del carbón. Pero era solo una ilusión.
Pero también llegaron las lluvias; y entonces aparecía otra consecuencia de los incendios que rara vez ocupa espacio en los informativos: el suelo desnudo incapaz de retener el agua, la tierra deslizándose ladera abajo, la erosión, los barrancos creciendo, los caminos destrozados y los sedimentos invadiendo ríos y pueblos.
El incendio no termina cuando se apaga la última llama. Sus efectos continúan durante años, transformando el paisaje de formas mucho más profundas de lo que imaginamos.
El fuego no entiende de calendarios políticos
Mientras tanto, pasaban los meses. Era tiempo suficiente para aprender, revisar protocolos, reforzar medios, limpiar montes y escuchar a quienes conocen el territorio porque viven en él los doce meses del año. Sin embargo, este verano ha comenzado con una inquietante sensación de déjà vu.
Se han repetido demasiados errores. Vuelve la pasividad institucional. Vuelve la impresión de que la prevención sigue ocupando un lugar secundario frente a la respuesta de emergencia. Y ya hemos sufrido los primeros incendios de la temporada, como si no hubiéramos aprendido nada del año anterior. Es difícil no sentir frustración. Porque el fuego no entiende de calendarios políticos ni de legislaturas. La naturaleza tampoco espera a que terminemos los debates administrativos. Cada verano perdido es un verano más cerca de la siguiente gran tragedia. Quizá el mayor error sea pensar que lo ocurrido fue una excepción. No lo fue. Fue un aviso.
La naturaleza tampoco espera a que terminemos los debates administrativos.
Lo que vivimos aquí puede repetirse en cualquier rincón del país, donde el abandono del medio rural, el cambio climático, la acumulación de combustible vegetal y la falta de planificación converjan en el mismo lugar y día. El Bierzo no es un caso aislado. Es un espejo. Un espejo en el que deberían mirarse todas las administraciones, pero también toda la sociedad. Porque los incendios ya no son únicamente un problema forestal. Son un problema ambiental, económico, social y humano. Afectan a la biodiversidad, al agua que bebemos, a la calidad del aire, al futuro de nuestros pueblos y al equilibrio de nuestros ecosistemas.
Todavía estamos a tiempo de cambiar muchas cosas. Pero el tiempo empieza a agotarse.
* Artículo publicado en el número 67 de la revista TRAIL RUN, sección 'Si miro a las nubes' por Jaime Romo.







