Cultura Trail

Un trail a la puerta de casa

En unas semanas va a pasar una carrera por la puerta de mi casa. Literalmente. No cerca, no “por la zona”. Por delante. Por ese sendero que piso casi a diario, que empieza sin ruido y se mete en el monte como si no fuera gran cosa. Ese mismo

ROBERTO PALOMAR. ILUSTRACIÓN: CÉSAR LLAGUNO.

2 minutos

Ilustración César Llaguno Un trail a la puerta de casa

Quiero añadir gratis Trail Run como fuente preferida de Google, para no perderme vuestras noticias.

Activar ahora

En unas semanas va a pasar una carrera por la puerta de mi casa. Literalmente. No cerca, no “por la zona”. Por delante. Por ese sendero que piso casi a diario, que empieza sin ruido y se mete en el monte como si no fuera gran cosa. Ese mismo.

Son 45 kilómetros. Y este año yo no voy a correrlos. Durante un tiempo pensé que sí. No heroico ni épico. Simplemente lo imaginaba: recorriendo los tramos, calculando si llegaba, si no llegaba, si el cuerpo daba. Me hacía ilusión. La suficiente para verme allí dentro.

Pero no. Por motivos que no tienen que ver con la montaña ni con las ganas. La vida, que a veces se cruza, y te baja del dorsal sin preguntar. Al principio fastidia. No exagero. Fastidia de verdad. Porque no es solo no correr. Es ver pasar algo que también era un poco tuyo. Saber que ese día, a esa hora, otros estarán haciendo lo que tú querías hacer. Y tú no.

El monte, en cambio, sigue igual. Salgo cualquier día, recorro tramos del circuito, reconozco cada giro, cada subida, cada sitio donde el camino se estrecha o se abre. Todo está ahí. Esperando. Como si nada. El trail pasa. El recorrido se queda.

Un día dejé de pensar en correrla. No como derrota, tampoco como aceptación solemne. Más bien como quien cambia un plan sin hacer ruido. Me dije: no la voy a correr ahora. La voy a hacer después. Solo. Sin dorsal, sin reloj, caminando si hace falta. Doce horas, quince, las que sean. Parando donde tenga que parar. Mirando lo que en carrera probablemente no miraría. No es lo mismo. Ni falta que hace.

El día de la prueba saldré de casa y veré pasar a los corredores. Algunos concentrados, otros tocados, otros todavía enteros. Pasarán rápido. Apenas unos segundos cada uno. El tiempo justo para reconocer en ellos algo que también era mío. Y luego se irán. El sendero volverá a quedarse en silencio. Como siempre.

Quizá salga a caminar un rato. O quizá no. Da igual. El monte no entiende de calendarios. No sabe que hay una carrera. No le importa. Y eso, de alguna manera, lo cambia todo.

Porque durante años hemos aprendido a medir los recorridos en función de las carreras: ponerles fecha, dorsal, tiempo objetivo. Convertir caminos en eventos. Pero un camino no es una carrera. Un camino es un lugar al que puedes volver cuando quieras. Sin presión. Sin expectativas. Sin necesidad de demostrar nada.

Haré esos 45 kilómetros. Seguro. No sé cuándo. Saldré temprano, cruzaré los mismos sitios, subiré las mismas cuestas, me cansaré igual o más. Y llegaré. Sin arco de meta. Pero llegaré.

Y no sé si será mejor o peor que haberla corrido. Sé que será distinto. Y ahora mismo, con eso, me basta. Porque hay una forma de estar en las carreras que no sale en las clasificaciones. Una manera más silenciosa, más discreta. Menos brillante, quizá. Pero también más libre.

La de quien no llega a la salida… y aun así no se queda fuera del todo.

Relacionados