La emocionante historia de las carreras por montaña

De Filípides, los chasquis y los tarahumara a los korrikalaris vascos y los trailrunners modernos del UTMB

Meritxell Anfitrite Álvarez.

La emocionante historia de las carreras por montaña
La emocionante historia de las carreras por montaña

Cada mañana una gacela se despierta sabiendo que tiene que correr más rápido que el león más veloz para ver otro amanecer. Cada mañana un león se despierta sabiendo que tiene que ganar a la gacela más lenta si no quiere morir de hambre. Da igual que seas león o gacela. Desde que sale el sol hasta que se pone por la tarde, corre. Proverbio africano

Los australopitecos no estaban preparados para correr. Y así les fue, que se extinguieron a principios del pleistoceno… Total, que los primeros runners no aparecieron hasta hace unos dos millones de años, más o menos. Como las flechas y las lanzas aún no estaban inventadas, los que querían comer proteína tenían que perseguirla. Su estrategia cinegética se parecería a la que utilizan los bosquimanos del Kalahari, los tarahumara de México o los aborígenes de Australia (si es que alguno de ellos sale de caza todavía): correr hasta agotar a sus presas, salir tras ellas cuando el calor más aprieta, la resistencia como arma secreta, tirada larga a un ritmo constante y tranquilo, sin prisa, la cosa es no perder a los kudús de vista, localizar al más débil del grupo —ese de allá, el que se separa de la manada, el que busca, exhausto, la sombra de una acacia— y no dejarle descansar, acosarle sin tregua, que huya hasta el límite de sus fuerzas, un último minuto hiriente bajo el sol atroz y caerá abatido de cansancio o de hipertermia. Se han hecho experimentos y funciona: nueve corredores de pro atraparon de este modo a una antilocapra americana (animal con una mejor marca personal que supera los noventa por hora); les costó 32 kilómetros capturarla.

Cierto que cualquier ardillita nos dejaría en ridículo en los cien metros lisos, pero no hay quien nos gane en rodaje suave un día de bochorno asfixiante, y ello gracias a una epidermis transpirable sin pelaje y a una superioridad sudorípara inigualable como sistema autorefrigerante (a la par que olfativamente desagradable). «Podemos correr en condiciones que para cualquier otra especie serían impensables», defiende el paleoantropólogo Daniel Lieberman, autor junto a Dennis Bramble de la Running Man Theory. Según esta hipótesis, la selección natural favoreció a los homínidos anatómicamente dotados para las carreras de fondo: dedos del pie cortos, tendones amortiguadores, cintura flexible y entallada, espina dorsal serpenteada, glúteos hermosos… «Correr nos hizo humanos, al menos en el sentido somático de la palabra».

Sócrates: Dime, ¿hay a tu juicio buenos corredores?

Hipias: Ciertamente.

S: ¿Y malos?

H: También.

S: ¿Y no será buen corredor aquel que corre bien y malo el que lo hace mal?

H: Sí.

S: Es decir, que el que no corre deprisa corre mal; en cambio, el que lo hace así corre bien, ¿no es esto?

H: Exacto.

Diálogos de Platón.

Filípides, los painani y los chasquis

Año 490 a.C. Verano caldeado. El ejército persa desembarca en Maratón. Como nada bueno puede esperarse de un enemigo extranjero, los griegos mandan raudo a un mensajero en busca de refuerzos: ¡Corre, Filípides, corre y corre; ve a Esparta a por ayuda! Y el bueno de Filípides corrió. Corrió como un incendio por un campo de rastrojos, ardiendo durante dos días y dos noches… —de acuerdo a Robert Browning—. Agotado como estaba, sufrió una de aquellas alucinaciones psicóticas acostumbradas en estas circunstancias, y yendo por el monte Partenio (1.215 m) se le apareció un dios engreído mitad hombre mitad cabra. Fueron 240 kilómetros sin sandalias aladas, en barefoot de Atenas a Esparta; más otros 240 de vuelta con las malas nuevas: resulta que los lacedemonios estaban de fiestas y no podían atenderles hasta la próxima luna llena. Para entonces, la primera de las guerras médicas ya había finalizado, con victoria para los áticos. Tanto corre y corre para nada. La crónica del ultra la escribió Heródoto en su libro VI. A fin de probar la verosimilitud del capítulo, una misión oficial de la Royal Air Force británica repitió la hazaña (de ida sólo) en 1982. Desde entonces, cada año se celebra la Spartathlon

Los aztecas también tenía “corredores livianos" en su servicio de correo exprés: los painani, que se peinaban el imperio a relevos para llevarle a Moctezuma frutas tropicales y pescado fresco. Gracias a ellos, el emperador supo de Hernán Cortés día y medio después de que esos extraños blancos y barbados desembarcaran a trescientos kilómetros de su palacio.

Una red de comunicación parecida utilizaban los incas, solo que en Tahuantinsuyo se llamaban chasquis (“los que reciben y dan"), profesionales respetados con sueldo de funcionarios. Eran seleccionados desde niños por su capacidad pulmonar y sus piernas de acero, que necesitarían para los trails andinos, hojas de coca en el bolsillo, por si les daba una pájara y para combatir el frío. Rapidez aparte, se esperaba de ellos probidad y recursos mnemotécnicos, pues solían portear mensajes orales, cuando no recados cifrados en cordeles mediante una combinación de nudos y colores top secret (los quipus).

De este modo, bastaban ocho alboradas para que las noticias circularan a lo largo de 1.600 kilómetros de Quito a Cuzco. Impresionado por semejante eficacia, el invasor español mantuvo este medio de correspondencia durante el virreinato; se sabe porque hay documentos donde los chasqueros se quejan por impagos… ¡de hasta diez años! Probaron de sustituir a los indígenas por caballos de posta, pero no funcionaban en regiones escabrosas.

Lo mismo sucedía en las Tierras Altas de Escocia, donde los jefes de clanes montaban competiciones para fichar a los montañeses más veloces de las Highlands en calidad de carteros particulares. La primera carrera de la que hay evidencia es aquella que convocó Malcolm III allá por el año 1064: unos 5 km con 250 metros de desnivel, lo que cuesta subir y bajar a la cima del Craig Choinich desde Braemar (vamos, una mariconada). Los MacGregor partían como favoritos. Aunque el pequeño de la familia llegó tarde a la hora oficial de salida, tomó la delantera y pilló a sus dos hermanos enseguida. Yendo en cabeza, les propuso compartir la victoria en un gesto de fraternidad que fue rechazado en rotundo con un «¡Cada uno a lo suyo!». Último sprint del benjamín, aprieta las tuercas, el hachazo se ve venir, el mayor trata de impedirlo y, ¡oh, le agarra por el kilt! Lo cual no fue impedimento para que el afectado traspasara la meta en cueros. No consta su tiempo —la plusmarca actual está en 00:17:24—. Como premio: un tahalí, una espada tipo la de William Wallace, un sporran repleto de oro y el codiciado puesto de recadero regio.

Correr, costumbre innecesaria y cruel

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Hasta el siglo XVIII, la aristocracia europea empleó entre sus lacayos a runners de librea. El cuarto duque de Queensberry, por ejemplo, organizó una prueba para escoger a su footman, haciendo correr a los candidatos Piccadilly arriba, Piccadilly abajo. En Viena, por el contrario, los del gremio debían aprobar un examen oficial, cumplimentando un recorrido de 17 km en 01:12:00. Sus competencias eran las típicas de un espolique: caminar célere junto al carruaje para evitar que su señor volcase, guiar a la caballería en tramos malos, despejar la carretera de obstáculos o avanzarse hasta la siguiente posada para avisar de que Mr. St. John-Smith cenará aquí, id preparando un buen pollo asado y sacad una botella del mejor burdeos.

Tener uno de estos mozos daba caché, por eso los esnobs realmente pudientes disponían de hasta seis. Se chupaban unos cien kilómetros diarios y competían a menudo entre sí para regocijo del amo. Como apenas paraban, usaban un bastón con un receptáculo en la parte superior especialmente diseñado para meter un huevo duro o un trago de vino y tomarse el tentempié por el camino.

Las tartanas del siglo XV circulaban a unos 8km/h, trote fácil, al 60-70% de pulsaciones. El problema vino a medida que mejoraban las infraestructuras, porque los cocheros aceleraban cada vez más y muchos footmen sufrían síndrome de fatiga crónica o la diñaban de un colapso, en el peor de los casos, propiciando la idea de que correr perjudicaba gravemente la salud. «Rara vez viven más de tres o cuatro años, y por lo general mueren tuberculosos…», denunciaba Melesina Trench, una lady irlandesa horrorizada por lo que calificaba de «costumbre innecesaria y cruel».

La alta nobleza mesuró su boato al ver rodar cabezas durante la revolución francesa, y muchos corredores se fueron al paro como consecuencia. Obligados a reinventarse, las marchas pedestres derivaron en un espectáculo con apuestas de por medio donde se movían grandes sumas de dinero. Correr se puso de moda en todos los escalafones sociales: ricos, pobres, viejos, jóvenes… Véase al capitán Barclay, un caballero por cuyas venas fluía sangre azul escocesa y que en 1809 se jugó 1.000 guineas a que completaba 1.000 millas en 1.000 horas. Un disparate descabellado, no hay cuerpo humano que lo pueda soportar, la palmará, ya verás. Lejos de lo que muchos pensaban, logró la hazaña; eso sí, terminó reventado: perdió 15 kilos de peso y muchas, muchas, muchas horas de sueño; era como si se hubiera despachado un maratón al día durante seis semanas seguidas. Cincuenta y cinco años después, Emma Sharp demostró que el reto era apto para una mujer si trocaba las enaguas por pantalones y cogía una pistola para defenderse de saboteadores.

Otra celebridad de la época fue Mencen Ernst, un noruego que dejó su trabajo de marinero para dedicarse a una actividad mucho más lucrativa: cobró 3.800 francos de recompensa por salvar los 2.500 km que separan París de Moscú; parecía un mendigo cuando llegó a Rusia, después de 14 días 5 horas y 50 minutos; aclarada su identidad, fue recibido por el mismísimo zar. Más tarde, le encomendaron entregar una nota a Otón I de Grecia de parte de sus padres, los reyes de Baviera: 3.000 km desde el castillo de Nymphenburg al de Nauplia en 24 jornadas; la marca no está nada mal, teniendo en cuenta que en el ínterin le atacaron unos bandidos montenegrinos, le arrestaron un par de veces por espionaje y le retuvieron en la frontera helena. Su FKT (Fastest Known Time), sin embargo, serían los dos meses que supuestamente tardó en cubrir los más de 9.000 km Constantinopla-Calcuta, Calcuta-Constantinopla. Trató de culminar su leyenda aventurándose tras las Fuentes del Nilo; en 1843 encontraron su cadáver junto al río. Disentería. Turcos y árabes le recordaban como el “Águila del Desierto".

Si bien, pocos runners tan cotizados como los korrikalaris vascos…

Los korrikalaris

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BASQUE, s. m. f. Vasco o vascongado: natural del país de este nombre. Y por ser gente ágil y ligera para trepar montes, se dice: “aller comme un Basque", “courir comme un Basque": del que anda muy deprisa, esto es, andar como un gamo, ser un traga leguas.

Diccionario francés-español. Por M. Núñez de Taboada (1828).

Ya tenían fama cuando corrían trechos de aúpa como mensajeros secretos del monarca Carlos II de Navarra, haciendo lo propio durante la francesada y las reiteradas guerras carlistas. Jamás se les vio lloriquear por una fascitis plantar. ¡Once onzas de oro a que llego antes que tú, descalzo, a Pamplona! Batían su hombría en duelos maratonianos que a menudo transcurrían por montaña. Ahí va la hostia. Sin itinerario establecido, al libre albedrío. Vale, pero antes nos tomamos unos cuartillos de vino. Solo el punto de salida y de llegada estaba aproximadamente definido, lo cual exigía cierta intuición topográfica y un sentido de la orientación mínimo.

Pero la primera carrera por montaña —organizada como tal— de la que se tiene constancia en Bizkaia —y puede que en el resto de España— fue la Copa Pagasarri, celebrada el 15 de diciembre de 1912 a iniciativa del Club Deportivo Bilbao —actualmente la organiza el alpinista Juanjo San Sebastián con la Fundación BBK—. La intención era promover «el mejor y más higiénico sport que pueda cultivarse en esta región» subiendo en el menor tiempo posible al Paga (673m), que es como los txinbos tutean a su pico, respetando, ahora sí que ya, un recorrido y un reglamento oficial; aunque la modalidad de la prueba fuese, como poco, peculiar: solo los socios podían participar, inscribiéndose en equipos de cinco individuos que tenían que correr unidos unos a otros por una cuerda, bien atada al brazo o a la muñeca, con el propósito de sostener un ritmo unívoco y llegar a la cima todos juntos, en compañerismo, provistos de una cartulina donde figuraba su hora exacta de salida (chip infalible). El conjunto ganador empleó 45 minutos en la ascensión: 153 metros de desnivel en 5 km.

También fue por equipos la Copa Sant Llorenç, esa primera carrera que el Centre Excursionista de Catalunya coorganizó en 1914, con la guerra de Europa como alegato: «Solo los más fuertes, los valientes, los avezados a los sacrificios corporales, podrán sufrir las inclemencias del tiempo, las incomodidades del destierro, la vida en las trincheras escondidos como gnomos bajo tierra, el tener que avanzar en marchas largas y rapidísimas, el no comer ni dormir convenientemente y el estar, en una palabra, rodeados de amenazas continuas, llegando a considerar la muerte el menor de los peligros». Iban de tres en tres, por si uno se caía o se ponía enfermo, para que contara con la asistencia inmediata de sus camaradas. Pese a las precauciones, la competición tuvo sus opositores: «Estas pruebas de resistencia son una burrada, una aberración que reclama a gritos la intervención de las autoridades sanitarias. De los 18 km de carrera, sobran al menos 17. Excursionismo no quiere decir fatiga». Se fijaron dos puntos de descanso obligado, para que ningún andarían —ni ningún detractor— reventara de un soponcio. Los campeones cruzaron la meta, frescos y lozanos, con un crono neutralizado de 01:38:00.

«Originalísima carrera alpina desde Cercedilla a Siete Picos. Resultados que parecen increíbles», titulaba un periódico de Madrid, en referencia a ese primer «concurso» acaecido un domingo otoñal de 1916 en Guadarrama, Sociedad Amigos del Campo mediante. Nueve inscritos se disputaban los vivas y hurras, acompañados de un «juez volante a caballo» pertrechado con un «completísimo botiquín» de emergencia. Toca madera. Había otro «jurado de viraje» en el picacho y otro «jurado de meta» cronometrador. Luis García Cisneros se subió al podio en 01:58:00, «verdadero alarde de velocidad» que puso de manifiesto «el vigor, la habilidad y la resistencia» de los «intrépidos montañeros», aseguraban las crónicas de principios de siglo XX.

De la Copa de Hierro a la Zegama-Aizkorri

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La Western Sates, una de las clásicas de 100 millas en Estados Unidos

«Eran gente muy fuerte…», constata Pedro Nicolás, presidente de la R.S.E.A. Peñalara. «Nuestro club empezó a organizar trails en 1923». Es cuando se corrió la Copa de Hierro por primera vez: Cercedilla–Ventorrillo–Peña Pintada–Siete Picos–Peña Bercial–Cercedilla. Un 20K que el más animoso culminó en 03:41:00, sin contar los 40 minutos de paradas estatutarias. Un fastidio, arrancar y que te fuercen a frenar. A frenarlo todo porque detona una guerra civil en España que deja baldado al deporte de montaña.

El circuito de carreras no regresó a la Sierra hasta finales de los ochenta. «Algunos de aquellos cross iniciales fueron idea de Carlos Soria y en parte mía, porque salíamos mucho juntos. Teníamos mucho fondo y nos metíamos unas buenas palizas; a los Galayos siempre subíamos corriendo…» Todo comenzó con el pique de a ver quién llega antes al Torreón. «Era lógico, nos lo pedía el cuerpo. ¡Disfrutábamos tanto cansándonos en la montaña…!» Y así nació el Cross de Cuerda Larga, que este octubre cumple 31 ediciones. «Entonces no había ninguna carrera que nos sirviera de referencia». Una de las más antiguas de Inglaterra es la Lake District Mountain Trail (1952). De Suiza, la Sierre-Zinal (1974). En California estaba la Western States Endurance Run (1977) o la Leadville Race de Colorado (1983). «Era muy minoritario… Sólo íbamos a las carreras por montaña los montañeros. Y de mujeres, alguna corría: Sonia, Montse… que se subían al Cervino echando leches. Pero eran un número muy reducido».

Hasta 2007 no llegó el mítico Ultra-Trail del Mont Blanc. «Antes corríamos 15… 17… 20 kilómetros… Las distancias se han alargado ad infinitum». Ahí están los 330 del Tor des Geants o los 898 de aquella Transpyrenea«Pero es que las zapatillas que nosotros usábamos no tenían nada que ver con las de ahora, nada que ver. Ni las atenciones médicos: a día de hoy, cualquier corredor en serio tiene a un fisioterapeuta haciéndole el seguimiento y a un nutricionista que le da consejos. Están mucho mejor preparados. Cuando yo corrí el primer maratón de Madrid, parecíamos una panda de desharrapados todos». Chándal a la moda de 1978. «Era el entusiasmo de la nueva España… El deporte se incorporó a la vida cotidiana, la gente volvió la vista a la naturaleza y se empezó a salir al monte. Porque correr en la Casa de Campo está bien, pero correr en las Dehesas de Cercedilla es mucho más bonito».

Cerca de 1.900 trails tienen lugar en espacios naturales protegidos, según datos de la Oficina Técnica de Europarc-España, con una media de 500 participantes por encuentro. «Se veía venir…» Casos como la Zegama-Aizkorri: 250 dorsales a sortear entre 8.757 corremontes. «Lo de estos últimos diez años ha sido una explosión brutal, pero la novedad se irá aletargando, las cifras bajarán. ¡Y más nos vale! Hay que limitar la cantidad de carreras y de asistentes, que no vaya a más en hábitats delicados, extremar el cuidado, e insistir a los corredores con la cantinela». Descalificado quien arroje el envoltorio de un gel, aunque sea sin querer. «Esto es un ten con ten. Las autoridades saben que no pueden prohibir una actividad con semejante grado de acogida». La Galarleiz desapareció tras 22 ediciones de historia porque el trazado del maratón discurría por una Zona Especial de Conservación, no compatible con aglomeraciones que perturban a los alimoches.

«Hay que buscar un equilibrio… Yo tengo el alma partida. Guardo recuerdos maravillosos de correr por la montaña cuando eres una gamuza en plena forma… notas cómo cambia el terreno… las piedras, el viento… subir, bajar…» Saltar… trepar… ¡volar! «Yo lo viví intensamente, hasta que me acometieron las lesiones, y lo añoro muchísimo… Pero quien no lo ha vivido difícilmente lo puede entender». La emoción de exigirte lo máximo en ese repecho destructivo, frecuencia cardíaca exacerbada, torrente de riego sanguíneo, depósitos de glucógeno bajo mínimos, cuádriceps que jadean, la respiración y el relieve se compenetran, en un esfuerzo espasmódico para superar la meta o la apuesta o al enemigo persa o al antílope. Hoy como ayer y hoy como mañana. Da igual… ¡corre!