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De cabo a rabo

"Siempre se dijo que hubo un tiempo en que una ardilla podría cruzar la Península Ibérica sin tocar el suelo"

LUIS ARRIBAS

De cabo a rabo. JCD Fotografía
De cabo a rabo. JCD Fotografía

Siempre se dijo que hubo un tiempo en que una ardilla podría cruzar la Península Ibérica sin tocar el suelo. Debió ser un piropo romano convertido en leyenda medieval, vete tú a saber. Lo mismo algo que inventó Unamuno en pleno calentón patrio. Lo cierto es que los tiempos modernos usaron aquella frase para criticar la destrucción del bosque ibérico. También para criticar la agricultura extensiva. Y la cabaña ganadera. Nos convirtió a todos en defensores del bosque mientras se construían hectáreas de viviendas en terrenos ganados al campo.

 

Siempre se dijo que hubo un tiempo en que una ardilla podría cruzar la Península Ibérica sin tocar el suelo. Debió ser un piropo romano convertido en leyenda medieval, vete tú a saber

 

Pero ese es otro tema. La primera vez que oí esa frase yo debía ser un niño. Me refiero la primera vez que esa frase despertó en mí una chispa. Ir de una punta a otra de la península. Eso debía ser cosa seria. En casa me contaban las aventuras del comienzo del siglo XX y los desplazamientos habituales de las gentes durante jornadas y jornadas. Cruzar España. Cruzar, cruzar y cruzar. Veréis. Nosotros teníamos un Renault R-5 que hacía eternos aquellos viajes por carretera. Digo teníamos porque mi hermana lo encaramó a una rotonda viniendo de juerga. Yo pasé la infancia cruzando desde Rubí hasta Toro, desde Ávila hasta Barcelona, de Manresa hasta Alcobendas, y con dos entretenimientos fundamentales: mirar el viejo mapa de carreteras Michelin y pasar horas mirando los caminos que salían y cruzaban las viejas carreteras españolas.

Ambas ciencias de mi infancia, la geografía y la red de caminos, me llevaban a conocer cordilleras y nombres que probablemente no descubrí con el mismo Renault hasta pasados quince años —hasta lo de mi hermana, claro, aunque el coche aquel no iba a durar siempre.

En 1976 nadie hablaba de hacer el Camino de Santiago pero con aquel mapa desplegabas desde Finisterre hasta los Pirineos y veías cómo las páginas enlazaban provincias. El territorio tenía sentido. Luego estaba lo del ciclocross. En los últimos setenta retransmitían entre poco y algo de aquellas campas verdes con tipos montando en bicicleta de ruta. Pues a los Mayora, Yurrebaso o Durán los veía yo cruzando esas sendas que acompañaban durante horas la N-II o la N-110. Pedaleaba yo imaginariamente, paralelo a los cerros de Arcos de Jalón o por los prados de Campo Azálvaro, entre huertos en Guadarrama o sobre rastrojos en Borges Blanques, y mi cabeza pensaba en cruzar y cruzar collados, términos municipales y ríos sobre los que saltaban esos pontones de granito.

 

El tiempo o, más bien, la falta de él hizo que nunca pudiese pasar más allá de la fase de diseño. Usando los viejos mapas primero y después tirando de la digitalización de los últimos años. Sé ya mucho sobre las pistas, las cañadas, las posibles paradas y los peores pasos y zonas montañosas. Quizá algún día emule a los devoradores de senderos y atraviese algo.

 

Las malditas revistas de correr contaron años más tarde que los norteamericanos llevaban cruzando Estados Unidos desde los mismos años en que yo miraba a través de la ventanilla de mi coche. La excusa de dos costas y dos meses por delante. Era inevitable soñar con las posibilidades que habría en nuestro terreno. ¿De Málaga a Gijón? ¿De Lisboa a Valencia?

El tiempo o, más bien, la falta de él hizo que nunca pudiese pasar más allá de la fase de diseño. Usando los viejos mapas primero y después tirando de la digitalización de los últimos años. Sé ya mucho sobre las pistas, las cañadas, las posibles paradas y los peores pasos y zonas montañosas. Quizá algún día emule a los devoradores de senderos y atraviese algo. Puede ser un todo o una parte. El vicio de correr siempre en una dirección y remontar Sierra Morena o el puerto de Pajares. O consumir horas de caminos con un rumbo de 95ºE hacia el Mediterráneo o simplemente siguiendo el campo de estrellas de la Vía Láctea hacia Santiago de Compostela.

Cruzar pueblos, cruzar y cruzar, siempre trotando. Podría llegar ese día. Todo es posible mientras las fuerzas acompañen. Lo único que queda es esperar que regrese el espíritu del niño que combatía su aburrimiento en un R-5.

PODCAST TRAIL RUN #4 La distopía de un runner viejo. Fotografía Luis Lastra

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