¿Se nos ha ido la olla con esto del correr?

"En un mundo en el que pasamos nuestros días enjaulados como animales, quizá correr no sea más que una grieta hacia la que nos precipitamos para huir"
Irene de Haro. -
¿Se nos ha ido la olla con esto del correr?
¿Se nos ha ido la olla con esto del correr?

Hoy, mi amigo Luis Hilario lanzaba una reflexión en un vídeo de su estupendo canal de YouTube. ¿Se nos ha ido la olla con esto de correr?

Para ofrecer mi humilde opinión, comenzaré por un “depende”. Es de sentido común: si el domingo pasado hiciste tu primera salida en montaña y te zampaste 40 kilómetros, es probable que no solo se te haya ido la olla, sino que hayas protagonizado una temeridad (que por supuesto también tiene el encanto de regalarte una buena historia para contársela a tus nietos), y además, seguramente te habrás hecho daño y habrás pisoteado el germen que debía haber dado como resultado un amor por el deporte que podría haberte acompañado para toda la vida. Porque los excesos no son buenos. Y para decir que corres, no tienes que inscribirte al Tor de Geants. Ni las cien millas tienen por qué ser tu objetivo. Ni las tiradas de ocho horas los domingos. No. Los excesos no son buenos. E incluso, te ponen en peligro en algunas circunstancias bajo el palio absurdo de la épica sinsentido. Créeme: el hecho de que acabes ese ultra orinando sangre, no acerca a la humanidad a la paz mundial, ni produce una comprensión especial del origen del ser, o de su destino. De hecho, solo demuestra que el sentido común escasea bastante entre los runners. Como en todos los sectores en los que los humanos estamos presentes, por otro lado.

Pero aparte de los objetivos bárbaros (que incluso numéricamente son bárbaros), también hay un modo crítico desde una parte de la sociedad que clasifica al corredor como zumbao, flipao o friki. Cuento mi experiencia al respecto.

Los excesos no son buenos. Así justamente formuló su preocupación por mí una persona que me quiere mucho (es mutuo) hace ya algunos años, cuando yo empecé en esto. Los excesos en los que yo incurría en aquel tiempo se traducían en dedicar un tiempo total de unas 9 horas semanales al ejercicio físico: salía a trotar unas tres veces; hacía bici más o menos dos; iba al gimnasio; el fin de semana salía de excursión por los carriles de mi pueblo. Me molaba aquello. Y precisamente, cuando empecé a comprometerme más con el correr, fui consciente de que me había convertido una vieja: mi asfixia, mi incapacidad de resistencia… Mi condición física no era de las peores posibles. Más o menos me había preocupado yo de ir al gimnasio, de hacer mis cuatro cosas… incluso tenía (y tengo) una bici estática que, además de hacer las veces de perchero, usaba (un caso extraño, pero cierto: la usaba) mientras leía cualquier libro, o mientras corregía apasionantes trabajos de sintaxis compuesta de mis alumnos de bachillerato… así, sin resistencia en el pedal, sin despeinarme mucho y sin sudar.

De ese modo, pensaba, yo, estaré en forma. Y me imaginaba que al paso de los años envejecería con decencia.

Pero un día eché a correr. Literalmente. Y entonces vi que había tratado mis sistemas con blanda condescendencia. No fuera a ser que de la horita de gimnasia y pesas rosas me diera un vahído y hubiera que llevarme a urgencias. Y mi autoindulgencia en el terreno de lo físico me había llevado al agotamiento mental ante cualquier actividad que me propusiera. Me cansaba al caminar un rato. Me cansaba al subir unas escaleras. Me costaba respirar cuando echaba a correr en pos del autobús que se me iba. Y así, yo, que me creía en ese proceso de ir haciéndome mayor con decencia y buen hacer, ya era débil y poco resistente. Ya era vieja.

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Sí es cierto que, como he dicho, mantenía algún nivel de actividad física consciente en mi vida, pero de una exigencia tan pobre que hoy en día sé que eso o no hacer nada podría haber sido igual. Porque aparte de la media horita de pedaleo sin resistencia, el resto de mi tiempo se resumía en estar sentada. Para leer. Para corregir. Para estudiar. Para comer. Para conducir. Hasta para descansar...

Cuando fui capaz de echar a correr, también eché a vivir. Porque conecté con mi cuerpo y con quien soy yo. Y me vi más ágil. Más fuerte. Más consistente y más feliz. Con mis nueve horas semanales de ejercicio físico, multipliqué mis ganas de hacer, y abracé una nueva manera de relacionarme con mi cuerpo. Y de darle su tiempo: tal y como hacía con cosas en las que me afanaba y que me aportaban, en términos absolutos, mucho menos.

La persona que con el ceño fruncido me avisaba de mi *“locura” *con tanto ejercicio, enarboló el mismo discurso hace unos días. Esta vez condescendiente pero convencida de estar en un acierto cabal. Yo, casi cuatro años después de aquella primera conversación, eché de nuevo cuentas delante de ella: dos horas de gimnasio y otras nueve de otros entrenamientos. Total: once horas de mi vida a la semana. Frente a las 40 de trabajo; las diez en traslados; las cinco en labores de voluntariado; las siete en tareas del hogar; las catorce frente a un libro; las diez frente a una pantalla… no lo sé, pero no siento que el desequilibrio de mi vida, si lo hay, estribe en el deporte. Pero si además, con afán capcioso pregunto a esa persona cuántas horas puede dedicar al día ella a tareas que le implican estar sentada o tumbada, la respuesta nos aplasta: las ocho de dormir, las ocho de trabajar; las tres de ver la tele y de leer, otra más de conducir; las dos de las comidas; y otra para descansar a medio día. Echen cuentas. Y me temo que la hora que le queda es la de fregar, ordenar y colocar.

Con lo que se nos va la olla no es con correr. Incluso es aberrante que a lo largo del día el único momento de actividad sea el running. Nuestra sociedad se comporta como un viejo impedido incapaz de ponerse en pie. Incluso los niños: niños en sillas. Niños sentados frente a una pantalla. Niños que toman el ascensor o la cinta mecánica en vez de las escaleras. Niños que se tiran al sofá y que cuando se les cae la servilleta hacen el ímprobo esfuerzo de alcanzarla con el pie y arrastrarla hasta sí con tal de no gastar ni un gramo de su esfuerzo en trasladar su cuerpo. Niños que desayunan galletas y leche manchada de azúcar marrón. Y que comen una carne prensada que no es carne. Y queso que no es queso. Y comida que no es comida… Pero, qué coño. Estamos enfermos por correr. Se nos ha ido la olla con esto de correr. Cualquiera sabe a dónde vamos a llegar…

En un mundo en el que pasamos nuestros días enjaulados como animales, quizá correr no sea más que una grieta hacia la que nos precipitamos para huir. A lo mejor la locura no es correr. Sino todo lo demás.

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