Qué significa llegar a meta, por Irene de Haro

Se ha de vivir por los que no viven. Y se ha de correr por los que no pueden correr.
Irene de Haro -
Qué significa llegar a meta, por Irene de Haro
Qué significa llegar a meta, por Irene de Haro

Realmente es hermoso alcanzar metas. Ir cumpliendo los retos propuestos. Ver cómo los pasos dados, que tanto has disfrutado uno a uno (y que eran metas en sí mismas), te han llevado hasta el horizonte que soñabas.

Para nosotros, los que corremos (yo corro, pero no me atrevo a llamarme corredora), ese horizonte se traduce en la línea de meta. Y es un punto imaginario y arbitrario, donde se ha colocado un arco, y que señala el momento en que tu periplo ha acabado. Un palmo antes estás en curso. Un palmo después eres finisher.

Previamente, por supuesto, está el goce de la carrera en sí. Sobre todo si esta es bella. Pero el transcurso es una línea entre dos puntos. Ni más ni menos. Y tú, como la flecha de Zenón de Elea, vas recorriendo los puntos intermedios, por orden de llegada, y los abordas por pasos, por kilómetros, por avituallamientos, por subidas y por bajadas. Allí estás tú. Que soñabas ese rato con toda tu ilusión.

Lo que ocurra entre medias, es dispar dentro de la propia carrera, y de una carrera a otra. A veces estás muy bien. Y sales con ganas: como un cohete, a afrontar tu ardua y absurda tarea de desplazarte así. Otras veces te falta calentar, pero vas poco a poco metiéndote en harina. Otras, no llegas a estar cómodo ni a la de tres. Se te hace todo duro y cuesta arriba (hasta las cuestas abajo). No te sale nada. No estás bien. Lo único que quieres es acabar. Pero creo que, mejor o peor, la ilusión, el esfuerzo, el paisaje o la sonrisa amiga cuando llegas al final, te compensan de tu absurdo esfuerzo: ese que consiste, al fin y al cabo, en recorrer una distancia escogida de un modo arbitrario entre dos puntos, llamados salida y meta.

Pero sin embargo, mi participación en Euráfrica ha tenido un carácter muy diferencial respecto a todo esto que digo. Los valores añadidos eran muchos. Si me sigue, ya sabrá el lector que participé en ella movida y conmovida por la causa de mi amigo Jorge Abarca, enfermo terminal de ELA. Nunca había hecho público un cometido así. He corrido muchas veces con el secreto fin de dedicar mis esfuerzos a causas que amo. La causa de mis alumnos, a los que me gustaría pensar que inspiro cuando les cuento (lo hago solo de pasadas, por pudor, pero sé que más de uno me sigue en redes y está atento a mis locuras de mujer cercana a la senectud, a la que le ha dado por correr); la causa de mi querido Marcial, que moría, también él, por vivir, durante los años que estuvo encerrado en una celda en la prisión (a los meses de salir se me murió mi Marcial, cuando se imaginaba recuperando el tiempo perdido); la causa de mi hermano Jose, que se fue sin haber vivido, y que viaja cada día en las entretelas dolorosas de mi corazón, como si así lograra yo revivirlo un poco y darle el aire fresco que nunca tuvo. Por esas causas, y por otras, corro secretamente. Porque de verdad, de verdad, pienso yo que se ha de vivir por los que no viven. Y se ha de correr por los que no pueden correr.

Pero con Jorge… con Jorge me atreví por vez primera a decirlo en voz alta. A anunciarlo. A hacer a todos partícipes de mi osadía con la Euráfrica.

Y no las tenía todas conmigo.

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50 kilómetros en Algeciras (se le restaron 10, por las brutales lluvias de las jornadas anteriores), llenos de sendas hermosas, impresionantes vistas y bosques de una belleza desmesurada, se me hicieron complicados. Iba cansada. Iba estresada, y el foco lo tuve los días previos puestos en las otras cosas de la vida, como todo hijo de vecino. En trabajar. En madrugar. En cumplir.

Esa mañana correr se me hizo difícil. Y no saber cómo era el perfil (yo los suelo estudiar, e ir a ciegas, por los cambios, me descabaló absolutamente). No saber si venía subida o bajada en la próxima estación de la carrera, para mí era agotador. Y que se me quede el reloj sin batería. No saber lo que llevo, ni lo que queda… Pero en fin. Allí estaba la voz interior, esa que te dice: “pero vamos a ver, déjate ya de gilipolleces. Corre y ya está. Y mira lo que tienes a tu alrededor. Que es precioso. Que es inmenso. Que no sabes si alguna otra vez en tu puñetera existencia volverás a gozarlo otra vez. Mira y disfruta. Por ti. Y por…”.

Por Jorge, claro está. Que tiene ELA. Que tiene ELA. Que tiene ELA. Y lleva unos días peor. Y estaba en el hospital mientras que yo corría, tan sobrepasado, tan dolorido, con sus ojos que no ven el sol, ni el campo, ni el monte.

Por Marcial. Que se puso malo un día. Que salió de la prisión tras tantos años. Y que se murió a los meses. Muy pocos meses de sol, y de campo y de monte.

Y por Jose. Que tanto sufría. En su oscuridad de angustia…

Por ellos. Por Amador, con quien comparto charlas los martes, y que me dice que va conmigo en las carreras y que vive en mí. Por mi Isabel, que vive ahora a la vejez, después de tantos años sin vida; por David, que el 14 de julio tenía un hijo y el 15 ya no lo tenía…

Cuando pienso en estas cosas me emociono. Me siento que no soy nada. Y que correr es absurdo. **Correr… ¿Qué coño es correr? **

Pero de repente, porque vas a una prueba, que por ejemplo, se llama Euráfrica, te ves en Marruecos, en Belyounech. De repente estás, tras trepadas y trepadas de piedras y más piedras, en el sitio más bonito que has visto en tu vida. Y te quedas allí parada, paralizada. Y te sale una sonrisa y a la vez lloras. Y sientes que allí, si te cayeras (o cayeses) sería difícil sacarte. Estás en el más recóndito sitio donde has estado y ves lo más recóndito de ti. Y quieres que todo se quede así. Así. Como está en ese momento. Y respiras. Y respiras. Y no dices nada. Porque ninguna palabra vale nada ante ese panorama de piedra viva, de cielo claro y de nubes bajas. Y tú, que eres una miseria de la creación, vas a hombros de Jorge. Y de Marcial. Y de Jose. Y de tu madre. Y de todos tus alumnos ante los que quieres ser la mejor versión de ti. Y de todos aquellos que no pueden correr y que ya quisieras tú que estuvieran justamente allí contigo…

Eso es correr. Eso es correr para mí. Es mucho más que correr. Y por eso para mí siempre tiene sentido. Y por eso esta carrera, esta Euráfrica, ha sido la más significativa de todas las que en mi corta experiencia he hecho. Por eso ha sido la más bella, la más plena. Porque no he corrido yo. He ido a hombros de todos mis nombres. He sentido en cada uno de mis latidos, otros.

Deseo que mi aliento les haya dado una ínfima parte de lo que me han dado a mí…

Todo eso ha tenido mucho sentido. Y estar con Pablo. Y con Javier, y Paula, con Elio, con Chito y con Cristina… Con María José y Andrés. Y dar abrazos a Rocío y a Juan… Y a Sonia, y a Aitor, y a todos los impecables voluntarios. Y compartir los tiempos con personas tan diversas, de tantos lugares, en tantos tiempos tan distintos.

Todo ha tenido sentido.

En un mundo, en una vida, donde a menudo no hallamos la razón por la cual hacer las cosas, yo puedo decir que todo, todo, todo lo que aconteció en esos días de Euráfrica tuvo razón de ser.

(Hasta los ronquidos del portugués aquel que me amargó dos noches).

Así que Jorge, las gracias te las he de dar yo a ti. En especial a ti. Y a todos los demás.

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