La leyenda de los Lama-Runners

Sobre los monjes tibetanos que recorrían largas distancias
Por Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay. Ilustraciones: César Llaguno. -
La leyenda de los Lama-Runners
La leyenda de los Lama-Runners

Hace muchos años que nadie los ha vuelto a ver en el Tíbet, pero testimonios dignos de confianza aseguran que los monjes lung-gom-pa recorrían distancias enormes a una velocidad fuera de lo normal. Se entrenaban en monasterios remotos con ejercicios respiratorios y de meditación, envueltos en un manto de misticismo y aislados durante años del mundo exterior.

Son capaces de correr durante 48 horas seguidas, cubriendo trayectos de más de 300 kilómetros en un solo día, sin descansar y sin tomarse barritas ni geles por el camino. No son corredores de ultra trail, sino monjes tibetanos conocidos como lung-gom-pas. Si las gestas que se narran son ciertas, atraviesan a una velocidad inusitada las cumbres más elevadas de la Tierra. Pero la verdad es que hace tiempo que ningún viajero se ha cruzado con ellos, y son muy pocos los que alguna vez los vieron y dejaron testimonio de tan apresurado suceso.

“Mi primer encuentro con un lung-gom-pa tuvo lugar en el desierto de pastos al norte del Tíbet”. Fue en uno de los muchos viajes que la exploradora Alexandra David-Néel realizó al País de las Nieves, a principios del siglo XX. “Hacia el final de la tarde cabalgábamos sin prisas por una ancha llanura cuando observé, muy lejos, un poco a nuestra izquierda, una minúscula mancha negra”. Cogió los prismáticos, miró al horizonte y comprobó que la sombra era un hombre. “Me sorprendió mucho. Los encuentros no son frecuentes en aquella región y llevábamos diez días sin ver a un ser humano. Además, gentes de a pie y solos no suelen aventurarse en aquellas inmensas soledades. ¿Quién sería el enigmático viajero? “Mientras continuaba observándole con mis gemelos, noté que su paso era singular y que avanzaba a una rapidez extraordinaria”. A ese ritmo, diríase que levitaba. “Se desprendía de la tierra a cada paso que daba y avanzaba botando, como si hubiera tenido la elasticidad de una pelota”. Se acercaba. “Podía distinguir claramente su faz impasible y sus ojos muy abiertos, que parecían contemplar muy fijamente un punto situado en alguna parte, allá arriba, en el espacio vacío”, como en trance. “Vestía el hábito y la toga monástica usuales, ambos muy gastados”. Zapatillas sin membrana ni tacos multidireccionales. “Le seguimos así durante tres kilómetros, hasta que el lung-gom-pa dejó la senda y trepó por una vertiente rápida para desaparecer en los repliegues de la cadena de montañas que bordeaba la meseta”.

Tras ellos corren leyendas, relatos fantásticos de hechiceros y nigromantes que solamente creerán quienes hayan compartido un bol de tsampa en una remota aldea tibetana. Cuentan las gentes del lugar que cada año uno de estos lama-runners es elegido para salir a la caza de espíritus malignos. Parten en noviembre y no tardan más de seis semanas en recorrer todos los rincones del país: del Kunlun al Himalaya y del Daxue Shan al Pamir. El dios que llevan dentro repite fórmulas mágicas; ningún demonio se les escapa. Su misión es convencerlos para llevárselos consigo al monasterio, donde se les embaucará a través de un ritual. De esta manera, no se comerán a las personas y, con una dieta a base de ofrendas, la región permanecerá en paz.

Aunque, a juzgar por la historia, no parece que los lung-gom-pas estén últimamente demasiado en forma; quizá porque los dos templos donde se solían entrenar fueron arrasados durante la invasión de Mao Zedong. Uno era el de Samding; en 1985 se empezó a reconstruir; lo ocupan una treintena de monjes gobernados por una mujer, cosa extraña. Quienes entienden de jerarquías tántricas dicen que es la reencarnación más importante después del Dalai y el Panchen Lama. Con todo, la abadesa vive y trabaja para el gobierno en Lhasa, a 112 kilómetros de su convento. Situado a 4.432 metros de altitud, con vistas espectaculares al Kula Kangri (7.538m) y al Gangkhar Phuensum (7.570m), según la Lonely Planet, es un buen lugar para plantar el campo base y hacer excursiones por los alrededores. Nada se menciona en la guía sobre los lung-gom-pas.

El otro centro de adiestramiento era el monasterio de Nyang-tö Kyi-phug, del que sólo queda la referencia que el lama Anagarika Govinda dejó en La senda de las nubes blancas, un libro de sus viajes por el Tíbet publicado en España por Atalanta. El escritor –que a pesar del nombre era alemán, pero al hacerse budista dejó de llamarse Erns Hoffmann– visitó el gompa en 1947, poco antes de que lo destruyesen. Nunca vio a un lung-gom-pa en marcha, pero sí describió cómo se ejercitaban. Esta sería su tabla de rutinas:

- Recluirse en un tshams khang, una celda de retiro espiritual, completamente aislados, sin ver a nadie más que a las nubes y a las estrellas a través de una claraboya abierta sobre sus cabezas. Allí se tiraban entre tres meses y nueve años –esto ya, depende de la resistencia de cada cual–; la comida la recibían por un agujerito de unos 22x25 centímetros, y no faltaba una rudimentaria cocina donde preparar té con mantequilla.

- Realizar prácticas diarias de meditación y gimnasia respiratoria entre mantra y Om.

- Caminatas prolongadas por la azotea y de un lado a otro de la habitación.

- Ensayar el arte de la levitación, con la repetición hasta el infinito de este ejercicio: sentarse con las piernas cruzadas sobre un almohadón, coger aire lenta y largamente, retener la respiración… y saltar, así, con las piernas cruzadas. Probadlo, pero no vale apoyarse en las manos.

“Algunos lamas llegan a saltar así a gran altura”, aseguraba Alexandra David-Néel. “Según los tibetanos, el que persevera en este género de ejercicio llega a ser capaz de sentarse sobre una espiga sin doblar el tallo, o de posarse en lo alto de un montón de trigo sin mover ni un solo grano”. Quizá parezca exagerado, pero estas series les aligeran tanto que muchos llevan cadenas para que sus cuerpos no salgan flotando. Su galope supera al más raudo de los caballos. El aire árido de la estepa se enreda en su manto; de las ropas sale un viento helado; las banderas flamean una oración a su paso. “El caminante no tiene que hablar ni pensar en nada”. Su mente está blanca como las cumbres de las montañas, la vista ensimismada en lontananza… “Tiene que llevar los ojos fijos sobre un punto único, alejado, sin permitir jamás distraer su atención”. En ese estado de semiconsciencia justa para no tropezar con una piedra y llegar sin contusiones a meta. Ninguna medalla les espera. Para los que empiezan, los maestros aconsejan salir a correr por llanuras extensas; las noches claras y el crepúsculo son horas propicias. Al contrario que el mediodía y la siesta; los valles estrechos y los bosques son ya palabras mayores.

“Después de largos años de práctica, los pies del lung-gom-pa no llegan a tocar el suelo y se desliza en el espacio con prodigiosa rapidez”. Parece volar sobre las crestas, al deslizarse por una ladera; el polvo ciega, la lluvia corta, el sol quema; pero no hay pesadez en las piernas, el paisaje anestesia y el corredor se funde con la naturaleza”.

En cuanto a los lama-runners… nada más se sabe.

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