Chamonix, donde todo es ¿perfecto?

Columna de Opinión de Roberto Palomar en su primera visita al Mont Blanc
Roberto Palomar -
Chamonix, donde todo es ¿perfecto?
Chamonix, donde todo es ¿perfecto?

Chamonix. La cuna. La Meca. Donde todo empezó, donde todo es perfecto. Lo tenía idealizado. Me habían hablado tanto de sus calles, de su ambiente, de sus tiendas, del omnipresente e imponente Mont Blanc... Es la primera vez que voy y sucede exactamente lo mismo que cuando aterrizas en Nueva York: la sensación es que ya has estado allí antes. Las dos ciudades son tal y como las habías soñado. El fin de semana pinta impecable.

Una multinacional ha invitado a un grupo de periodistas europeos a probar las bondades de su producto. El programa incluye ver el Campeonato del Mundo del Kilómetro Vertical y participar en una carrera de trail de 10 kms. Poca cosa, una prueba de iniciación. Pero estamos en Chamonix. La cuna. La Meca. Donde todo empezó, donde todo es perfecto... Al programa oficial añado, por mi cuenta, un placer personal: Puedo mirar al Mont Blanc cuando me dé la gana. Siempre que quiera y las nubes lo permitan. Y sucede muy a menudo. Es visible desde cualquier calle del pueblo. No tengo más que girar la cabeza. La mole es impresionante. En Nueva York sucede lo mismo con el Empire State Building. Puedes admirarlo a voluntad. Basta con localizarlo en el Skyline. Aquí, en Chamonix, la cuna, la Meca, donde todo empezó, donde todo es perfecto, el Skyline son la Aguille de Midi y el Mont Blanc.

El día antes de viajar  cada periodista recibe en su teléfono un mensaje de la organización de la carrera. Se adelanta la salida una hora en previsión de que haga mal tiempo. Qué bárbaro, pienso yo, qué organización. Cómo se nota que vamos a Chamonix, la cuna, la Meca, donde todo empezó, donde todo es perfecto... Así que nos presentamos en la salida del trail a las siete y media de la mañana, con un tiempo magnífico y estable. Quizá se les ha ido la mano con la meteo, podíamos haber salido a las 9 tranquilamente... Somos cerca de mil corredores, repartidos por dorsales de colores: azul, amarillo, rojo y verde. Entre cada grupo, hay que esperar 10 minutos para salir. Los verdes salimos los últimos. O sea, hay que esperar media hora todavía. Por extraño que parezca, y aunque es muy fácil hacerlo, nadie se cuela. Todo el mundo respeta su color y su turno. A los españoles, qué quieren que les diga, nos extraña. Incluso nos asalta la tentación de colarnos, pero estamos en Chamonix, la cuna, la Meca, donde todo empezó, donde todo es perfecto...

Cuando ya han salido dos grupos y los primeros llevan siete kilómetros en las piernas, se anuncia por megafonía que la carrera se detiene y que hay que volver a dar la salida... ¡una hora más tarde! Se han equivocado en el recorrido. A los que llevan un tramo se les invita a recortar y a tomar la salida de nuevo. Inaudito. Por supuesto, se vuelve a establecer el turno de espera de 10 minutos entre cada color de dorsales. Así que mi salida que, recuerden, se había adelantado una hora, se atrasa una hora, más 30 minutos de propina por el maldito color de mi dorsal. Lo que tradicionalmente conocemos como chapuza. Quién lo diría, en Chamonix, la cuna, la Meca, donde todo empezó, donde todo es perfecto...

Pero lo más sorprendente, lo que más echamos de menos los españoles, es que no saltara nadie a cagarse en la madre del organizador. Estuvimos a punto de hacerlo nosotros mismos, pero se nos vino a la cabeza que acudimos allí invitados por una multinacional y que estamos en Chamonix, la cuna, la Meca, donde todo empezó, donde todo es perfecto. Pero es cierto, no hubo ni una protesta, ni un silbido, ni una mala cara. ¿Qué hubiera pasado en España?

Cuando dan la salida al primer grupo de dorsales lo que sí hacemos los españoles es colarnos impunemente. Faltaría más. Lo llevamos en el ADN. Estamos en Chamonix, la cuna, la Meca, donde todo empezó, donde todo es perfecto, pero también en el pueblo donde las carreras están mal organizadas, donde no se baliza bien el recorrido, donde las salidas se adelantan sin motivo aparente, luego se atrasan y donde acabas saliendo cuando te da la gana. Eso sí, el Mont Blanc, una preciosidad.

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