Calambres en carrera, por Irene de Haro

“Estoy en la OCC y me quedan 36 kilómetros. Las subidas son interminables, le he contado a todo el mundo donde estoy y a uno no le gusta fallar”
Irene de Haro -
Calambres en carrera, por Irene de Haro
Calambres en carrera, por Irene de Haro

A veces me dan calambres en carrera. Nunca entrenando. Sólo en carrera. Sospechosos: falta de fuerza; desequilibrios electrolíticos debidos a la pérdida de sales por el sudor; demasiada exigencia al músculo en relación al entrenamiento efectuado. A veces siento que mi músculo da un espasmo en el momento en que mi cabeza se bloquea, y es como si del alma al cuerpo, cuya relación es íntima y cuya separación para mí es un sinsentido, hubiera un trasvase de temores, y un fino reflejo de miedos y angustias. Mis espasmos musculares me paralizan, justo en el momento en el que más dudas siento. Justo cuando me pongo a pensar en lo que me queda y me miro y me pregunto si yo estoy hecha para esos trotes (sic) que me pego.

Es que estoy en el Mont Blanc. Es que estoy en el kilómetro 20 de la OCC, y me está pareciendo durísima. Me quedan otros 36, y veo que las subidas son interminables. Y le he contado a todo el mundo dónde estoy ese jueves a esa hora. Sé que me quieren y que me siguen. Y no le gusta a uno fallar. Pero…

Si no puedes acabar, no acabes - pienso. No a toda costa - pienso. No, si crees que te vas a romper. Yo el lunes quiero estar entrenando otra vez, y no recuperándome de una machada que a nadie más que a ti te va a importar - pienso.

No creo en los golpes de efecto. No creo en hacer las cosas “por mis cojones”. No creo en hacerse daño y seguir hasta el final hasta reventar, como si uno escapara de un holocausto (eso existe: no olviden que hoy en día hay quien se juega el tipo y muere por alcanzar su meta. Pero oigan: su cuestión sí es de vida o muerte. Nosotros deseamos la veleidad de la medalla, de la foto “finisher” para Facebook, del relato con amigos que nos escuchan quizá no del todo interesados en todos los tormentos épicos a los que los dioses nos sometieron en nuestra Odisea personal, tan importante, tan necesitada de un Homero que cuente nuestra hazaña).

Yo creo en disfrutar del premio de la carrera. Porque yo amo esforzarme en cada entrenamiento. Me llena y me hace feliz. Y al final obtengo una hermosa recompensa, que es probarme en una carrera. Y mira por donde, mi retribución de agosto fue ni más ni menos que ir al Mont Blanc. Porque me tocó el dorsal. Porque una vez que me tocó entrené cada día (cada día) con amor y respeto a la prueba. Pero también respeto a mí misma. Porque quiero regalarme una experiencia que no se me olvidará nunca. Por bella. Por emocionante. Por esperada, por ser un sueño cumplido… No por haber sufrido lo indecible, por haberme arriesgado, por haberme hecho daño y por no haber tenido precaución y respeto por mi cuerpo y mi salud… no sé. Eso yo no lo quiero para mí. Ni en la Carrera del Mazapán ni en el Mont Blanc. Hay carreras. Hay lugares. Hay años de vida… a cascaporro. Pero sólo tengo un cuerpo, tan limitadito él, pero que tantas alegrías que me da, y no se merece que yo cruce una línea imaginaria “por mis cojones” para constar en una lista, o para publicar lo que mi fortaleza es capaz de hacer por mí.

Admiro la fortaleza. La admiro. Pero hagamos de ella virtud y no defecto. Hagamos que ser fuertes merezca la pena y se traduzca en entrenar, en dar lo mejor de uno, y en ser suficientemente valientes también para dejar pasar la ocasión y ser capaz de afrontar el dolor de reconocer que a veces uno no puede. Y ya está. La tierra sigue girando un día después. Y podrás recomponer tu compostura y tus metas futuras más pronto que tarde. Y aquí no ha pasado nada.

En el kilómetro 20 de la OCC, debido a fuertes calambres, me vi obligada a caminar. Así que respiré. Decidí avanzar despacio y escuchar mi cuerpo. Decidí ver por dónde íbamos a ir: si nos recompondríamos, o no.

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Si mi cuerpo hubiera dicho que ahí ya había tenido suficiente, ahí me habría quedado. Pero respiré. Me tranquilicé. Me sentí afortunada: son lances de carrera, me dije. Estas cosas ocurren, me dije. Y miré al fondo. Con amor infinito a la montaña. Con amor infinito a mi cuerpo, que se quejaba pero que me había llevado allí. Y que me permitía desde mi corazón acordarme de J. H, que hace ya cinco años que no ve la luz del sol; de J. A. que muere por vivir; de M., que tanto tiempo ha vivido bajo el yugo del encierro que el maltrato impone; de M.N., que anhelaba la libertad y tres meses después de obtenerla quedó derribado por un infarto. Y yo… que a pesar de no saber si podría seguir más allá del kilómetro 20, estaba allí, en ese allí y en ese ahora de entonces, y no quería sentir más que gratitud. Quería dejarme de egos estúpidos y de frustraciones autoinfligidas y me dije: “estás donde quieres porque puedes”.

¿Cuántas personas en este mundo en aquel “aquí y ahora” de ese 30 de agosto podían decir lo mismo que yo? ¿Se me iban a ir las horas de carrera? ¿Iban a empeorar mis clasificaciones? Ustedes que me leen, ¿han notado si esa eventualidad ha tenido algún impacto en sus vidas? Nuestros egos de pacotilla convierten tantas veces los regalos recibidos en fuentes de frustración malsana… pero en fin. Yo qué voy a saber. Soy una corredorzucha popular que acabó la OCC en más de 10 horas tras superar mis crisis. Pues… ¿saben qué? Por nadie me cambiaba yo en el mundo. Porque las carreras a mí me tratan de un modo que pocas cosas y personas en esta vida pueden asegurar: ellas me dan lo que me prometen. Y acepto sus miserias. Y acepto que a veces me ponen en mi sitio, que me expulsan. Y ya está. Y no pasa nada. Hasta la siguiente.

Porque las carreras, a mi entender de triste popular (aunque de triste nada) si algo grande tienen, es que son una fiesta. Y como tal las vivo. Y como tal tomo mi participación en ellas. **Porque la vida ya está ella solita plagada de frustración, dolor y pesadumbre. **

Tras tanto calambre, bebí, comí, tomé mis sales y continué. Y me imaginé ser la Heidi que justo por esos lugares corría en la retina de mi infancia. Con sus pasos cortos y desmedidamente disfrutones. Hasta llegar a meta, no por mis cojones, sino porque pude. Y porque algo preparada, al fin y al cabo, estaba, y porque mi cuerpo consintió. Y entonces, en ese rato de cruzar la meta de las metas en el mundo del trail, también fui feliz. Y olé.

Objetivos realistas. Entrenamientos cabales. Decisiones racionales. Y a correr para siempre si se puede. En el Mont Blanc o en la carrera del barrio. Y agradecida. De corazón.

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