Pensamientos inconexos: el mar y el desierto

Anna Comet camino a la Desert Run
Anna Comet
Pensamientos inconexos: el mar y el desierto
Pensamientos inconexos: el mar y el desierto. Anna Comet camino a la Desert Run

Me gusta el mar. Sentarme ante su inmensidad y quedarme en blanco. De la misma manera que me atrapa y me atrae, lo respeto y me da respeto. Lo desconozco y lo desconocido me asusta. Su calma es hipnótica y su fuerza incontrolable. Todo ello son instantes que me descolocan y que no controlo y, supongo que, por esta razón, me impresiona con sus connotaciones positivas y negativas.

Estos días he estado en la costa. No me gusta decir que he estado en la playa, es como traicionar mis principios de persona con carácter de montaña. Menuda tontería, pero los humanos somos así… incoherentes por naturaleza.

Pues sí, he estado en la playa combinando entrenamientos en ayunas, con mañanas experimentando con mi hijo por primera vez esto de la arena y el agua de mar y volviendo a entrenar tras un buen rato bajo el sol, las piernas en remojo salado y la espalda curvada de perseguir al enano que intenta empezar a andar.

No entiendo el miedo como algo paralizante. Me gusta hablar de mis miedos porque cuando lo hago los convierto en menos perturbables, en más asequibles y palpables.

Por fortuna, los abuelos se mueren de ganas de compartir estas primeras experiencias con sus nietos y su compañía y ayuda es de gran valor para tomarme unos instantes de calma y observar este mar inmenso y dejo volar la imaginación.

Tengo la sensación que en el desierto voy a tener un sentimiento parecido. De inmensidad, de desconocimiento, de respeto, de impresión y, porqué negarlo, de miedo.

No entiendo el miedo como algo paralizante. Me gusta hablar de mis miedos porque cuando lo hago los convierto en menos perturbables, en más asequibles y palpables.

Descubrir es precioso aunque implique algunas malas experiencias.

He pasado infinidad de horas en la montaña. Con nieve, con sol, con lluvia, tormenta, viento… en situaciones que me han dado miedo, pero las he experimentado. Conozco las sensaciones y puedo valorarlas, puedo explicar si me gustan o me disgustan, si me apetece repetirlas o busco evitarlas tanto como sea posible.

Esto no me pasa en el mar y tampoco me pasa en el desierto.

Descubrir es precioso aunque implique algunas malas experiencias.

El llanto de mi hijo que se ha caído descubriendo las olas del mar me devuelve a la playa, sobre la arena, bajo el sol y delante de la inmensidad del mar. Me siento algo deshidratada tras el entrenamiento de la mañana y de este rato aquí. Le doy los pulgares a mi hijo para que se levante por su propio pie con un pequeño soporte e intento explicarle sin palabras que en la vida hay que experimentar, hay que caerse y saberse levantar, hay que aprender, descubrir y sentir para poder decidir qué es lo que nos gusta y queremos repetir y aquello que, a voluntad, buscaremos evitar.

De momento, me toca, como a él, experimentar en el desierto. Cuando vuelva decidiré si quiero repetir o evitar.

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Colaboración: https://www.instagram.com/annacometpascua/
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