Correr a la americana

Anna Commet nos cuenta su primera etapa de Transrockies Run
Anna Comet -
Correr a la americana
Anna Commet nos cuenta su primera etapa de Transrockies Run

Miro los horarios de la primera etapa de la Transrockies Run en la guía del corredor y no me cuadran las horas aproximadas de llegada del primer corredor que dan. Tenemos 34 kilómetros por delante y nos plantan en meta en menos de tres horas. Creo que al hacerlas les sorprendió un ataque de optimismo. Así que hago mis propios cálculos para las barritas, geles, agua y sales y cargo mi mochila para una carrera de 3h30’-4h para no quedarme corta ya que se avecina un día caluroso y seco.

Dan la salida en Buena Vista, un pueblo de lo más americano en Colorado a más de 2500 metros de altitud, a las 8h30 de la mañana con puntualidad suiza y se abre la veda. Van pasando los minutos y los kilómetros a una velocidad incontestable. ¡Qué panzada de correr, aquí nadie afloja y vamos a buen ritmo! Hemos estado serpenteando para arriba y para abajo durante unos veinticinco kilómetros y, de repente, me encuentro en una carretera al más puro estilo americano (de aquellas que todos hemos podido construir en nuestras mentes tras ver unas cuantas pelis de Hollywood).

Son apenas las 10h30’ de la mañana, estamos por encima de los 2700 metros, no hay ni una sola nube que rompa el azul del cielo y el sol castiga con fuerza. La carretera sin asfaltar, de tierra compactada, es un infinita recta que alcanza un horizonte de cuatro millas, me han dicho –pero esto, ¿cuántos kilómetros son?- me pregunto mientras sigo corriendo.

El aire se siente pesado, cae sobre mis hombros y parece aplastarme contra el suelo. Tengo la sensación de correr muy lenta pero mi GPS me dice lo contrario. Madre mía… ¡si sigo a este ritmo reventaré! Continuo intentando calcular cuánto son esas cuatro millas del último control, pero entre la altura, el calor y el cansancio soy incapaz de hacer cuentas así que únicamente sigo corriendo.

Me adelantan, cautelosas, enormes pick ups y campers cargadas con bicicletas de montaña. Voy cruzando zonas rocosas con escaladores colgando de ellas. A un centenar de metros por delante de mi, borrosos por el polvo y el ambiente cargado, veo los corredores que me preceden.

Aunque pocas veces lo hago, he cargado agua en el último avituallamiento y doy gracias por ello. Estoy pegando sorbos a intervalos de menos de medio minuto. El ambiente es muy seco y, sin ser consciente de ello, mi cuerpo lo percibe.

Me siento como un pez fuera del agua y cuando estoy a punto de entrar en caída libre, alguna cosa dentro de mi me despierta mi sentido más épico y me vienen a la mente las historias que he leído sobre los primeros ultras americanos y soy capaz de convertir en realidad todos los decorados que siempre he imaginado sobre las míticas competiciones como la Western States, la Hard Rock o la Leadville 100.

Entre zancada y zancada me siento afortunada. Estoy en la meca de lo que han sido los inicios de nuestro deporte y que, evidentemente, hemos adaptado a las peculiaridades de nuestro terreno y geografía europeos.

Adelanto a un corredor que va más tieso que un palo, cruzamos cuatro palabras con la voz pastosa y polvorienta. No necesita nada, así que sigo corriendo y, de golpe, empiezo a oír al speaker aunque todavía no veo la llegada. ¡No puede estar lejos! Compruebo el reloj y confirmo que esas cuatro millas son unos seis kilómetros y medio. Y donde aparecía acabarse el horizonte, al final de ese falso llano con el que hemos guerreado los últimos veinte minutos, veo un enorme montaje de la meta.

Aplausos, sorpresa… ¡la primera mujer ya en meta! Alzo las manos y en cruzar la línea de llegada les hago una reverencia, mientras dentro de mi me digo: gracias, gracias por mostrarme cómo se corre a la americana. ¡Se presiente una semana interesante!

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