No se trata solo de batir un récord, sino de hacerlo con un estilo coherente con nuestra visión del alpinismo.
Los ecuatorianos Nico Miranda y Karl Egloff regresan esta primavera a los Himalayas, para tratar de marcar un nuevo hito en el alpinismo de velocidad... nada menos que en el Techo del Mundo. Nico Miranda nos cuenta en esta entrevista con José Antonio de Pablo "Depa" todos los detalles de su nuevo intento.
La cordada ya se apuntó un hito histórico en mayo de 2022 al establecer el récord mundial de velocidad en la ascensión al Makalu (8.463 m), la quinta montaña más alta del mundo. Lograron la cumbre sin oxígeno suplementario en 17 horas y 18 minutos.
Aquella hazaña supuso un punto de inflexión en el alpinismo de ochomiles. “El Makalu demostró que los límites pueden redefinirse con preparación, estrategia y determinación”, recuerda Egloff, quien ya posee múltiples récords de velocidad en algunas de las montañas más emblemáticas del planeta.
El dúo ecuatoriano afronta este nuevo desafío con una filosofía clara: eficiencia, pureza y respeto por la montaña. “El Everest representa la máxima expresión del alpinismo de altura. Intentaremos ascenderlo con la mayor ligereza y velocidad posibles”, explica Miranda en la entrevista.
Más allá de la marca en el cronómetro, el intento busca reivindicar una ética alpina basada en la autosuficiencia. “No se trata solo de batir un récord, sino de hacerlo con un estilo coherente con nuestra visión del alpinismo”, subraya Miranda.
Velocidad y ochomiles
El alpinismo de velocidad en montañas de más de ocho mil metros constituye una de las fronteras más exigentes del himalayismo contemporáneo. Reducir el tiempo de exposición en altura no solo implica un reto deportivo, sino también una estrategia de seguridad frente a los peligros objetivos de la montaña, desde las avalanchas hasta el deterioro fisiológico en la denominada “zona de la muerte”.
En este sentido, la tentativa de Miranda y Egloff se inscribe en la evolución hacia expediciones más ligeras y eficientes, en las que la aclimatación previa y la excelencia física sustituyen la dependencia de complejos dispositivos logísticos. “La velocidad es seguridad, pero también una forma de entender la montaña desde la pureza del estilo”, ha señalado Egloff en distintas ocasiones.
El alpinismo de velocidad en el Monte Everest ha generado, a lo largo de las últimas décadas, una serie de referencias que ayudan a contextualizar la magnitud del desafío que afrontan Nicolás Miranda y Karl Egloff. En una montaña donde la logística, la meteorología y la fisiología extrema condicionan cada decisión, las ascensiones rápidas se han convertido en una disciplina tan fascinante como controvertida.
Uno de los nombres más citados en este ámbito es el del italiano Hans Kammerlander, quien en 1996 firmó una ascensión en estilo ligero por la arista norte en aproximadamente 16 horas y 45 minutos desde el Campo Base Avanzado, sin oxígeno suplementario. Su actuación, más allá del cronómetro, quedó como símbolo de una generación que comenzaba a replantearse el modo de subir los ochomiles, priorizando la autonomía y el compromiso sobre los grandes despliegues logísticos.
Años más tarde, en 2003, el sherpa Lakpa Gelu estableció un registro de 10 horas y 56 minutos desde el campo base hasta la cumbre por la vertiente sur, esta vez con oxígeno suplementario. Su marca fue ampliamente reconocida como récord de velocidad en la ruta clásica del Everest, y sigue siendo una de las referencias más citadas en el ámbito de las ascensiones comerciales y guiadas.
El debate sobre la validez y homologación de los récords se intensificó en 2004, cuando Pemba Dorje Sherpa afirmó haber alcanzado la cima en apenas 8 horas y 10 minutos. Sin embargo, la falta de evidencias concluyentes convirtió aquel registro en uno de los más controvertidos de la historia del Everest. Aquel récord de velocidad fue invalidado por la Corte Suprema de Nepal.
Ya en la era moderna del alpinismo ligero, Kilian Jornet protagonizó, en 2017, una de las escaladas más influyentes del himalayismo contemporáneo. Su ascensión en estilo alpino y sin oxígeno suplementario por la vertiente norte, dentro del proyecto Summits of My Life, marcó un nuevo paradigma en la relación entre velocidad, autonomía y rendimiento en altura, consolidando una visión más deportiva y exploratoria del ochomilismo.
También es imposible no mencionar la figura de Ueli Steck, cuya filosofía de alpinismo rápido y ultraligero redefinió los límites del Himalaya moderno. Aunque su objetivo en el Everest-Lhotse en 2017 quedó truncado tras su fallecimiento durante la aclimatación en la zona del Nuptse, su legado sigue siendo una referencia ineludible en cualquier intento contemporáneo de velocidad en grandes paredes.
En este marco histórico, la tentativa de Miranda y Egloff se inscribe en una línea muy exigente, donde la velocidad no es solo un dato cronométrico, sino una declaración de principios sobre cómo enfrentarse a la montaña más alta del planeta. Su apuesta por el estilo ligero y la ausencia de oxígeno suplementario los sitúa directamente en el terreno más puro —y también más extremo— del alpinismo de ochomiles






