Poca cosa, por Irene de Haro

Crónica de un entrenamiento por caminos inesperados
Irene de Haro -
Poca cosa, por Irene de Haro
Poca cosa, por Irene de Haro

Con esto de salir al monte, en algunas ocasiones se mete uno en berenjenales. Y explicaré que lo que yo entiendo por berenjenal es exponerse a situaciones que además de no estar bajo tu control pueden dar lugar a circunstancias de “cierto estrés”. Aún así, en mi experiencia, no hay nada mejor que un buen berenjenal para sentirse vivo.

Ayer me lo pasé a la vez muy bien y muy mal por eso. Me dice mi amigo Chema que va a hacer una ruta preciosa, de unos 16 kilómetros. Que vendrá también nuestro amigo Migue. Yo digo hombre, claro. Ya ves tú. 16 kilometrillos, con lo entrenaíca que yo estoy últimamente. Y nos fuimos a lo alto de la Sierra Nevada, a un sitio conocido como la Hoya de la Mora, ya a 2.500 metros de altitud.

Con mi desayuno hecho (mis almendritas, mis dos huevecitos a la plancha, mi avena, con su proteína y su omega 3), tras dormir como una bendita la noche antes; bien hidratada; bien servida de todo lo demás (sin dar detalles), o sea, en plena forma, echo a andar “to parriba”, y dice Chema “vamos a calentar”. Y trota. Y Migue le sigue. Y trota. Y yo… yo troto. Pero mi corazón no. No trota ni a la de tres. Y ya en el minuto uno, no sé los motivos, la fatiga me acompaña. Pero yo me digo, “bueno, hija, estás calentando. Tú eres muy diesel, ahora te pones a punto”. Ellos dos miran hacia atrás, a una distancia digna y tras cruzar sus ojos, paran. Sin decirse nada y sin decirme nada. Dejan que los alcance y reanudan la marcha a mi nivel. Van hablando de cotidianidades. De qué comen. De anécdotas bastante surrealistas que incluso me hacen reír y pensar.

Así vamos. Al fin llegamos a un punto en el que no se corre. Esas cuestas me gustan más. No se nota tanto la diferencia entre unos y otros, porque no son esas inclinaciones picadas hacia arriba que permiten correr y que yo a veces no puedo correr. Así que andamos todos. Pero estoy probando unas zapas nuevas que me quedan bien de largo pero dentro de las que me baila el pie. Se me tuercen las cabronas, y en terreno suelto, se me van. Doy algún traspiés. Me veo desde fuera como un pato mareado, pero, qué coño, yo me animo. Me digo poco a poco. Echo la vista arriba para coger resuello. Porque todo es muy bonito. Y merece la pena. Para así no pensar en mis zapatillas sueltas, ni en mi oxígeno deficiente.

En la zona de bajada, llegamos a un terreno precioso sin sendero. La inclinación es respetable. Mis dos amigos saltan como cabras. Yo me doy otra vez ánimo. Por fin hacia abajo, me digo. Y voy dando saltitos. Miro dónde voy a poner mi pie. Me desplazo. Me siento bien. No me siento ahí especialmente torpe. Pero miro y no los veo. Ah. Allí me esperan juntos, observando el horizonte, gozando de la vista. Me dejan hacer, tranquilos, sin apremiarme. Los veo disfrutando francamente. A lo lejos, la Cascada del Molinillo. Es de verdad hermosa. Me hincho los pulmones de ella desde la distancia. Deseo de veras alcanzarla, estar ahí. Siento la franca necesidad de ser por un instante allí. Así, mis saltitos, mis zapatillas grandes, mi respiración dificultosa…, me llevan hasta la cascada.

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Nos mojamos. Cogemos agua. Saltamos. Nos reímos. Qué feliz soy. Qué yo soy. Qué sentido tiene todo. Qué consciente soy de que ese es el único regalo al que aspiro en la vida.

Y dice Chema: “hay que remontar toda esta loma”. Y miro la pared. De piedras y más piedras. Me digo en mi interior: pues habrá que subir. Y subo. Trepo. No sé muy bien dónde poner el pie. No he hecho en muchas ocasiones cosas tan técnicas. Ellos se adelantan. Me dejan que yo me gestione. Me vigilan, me miran serios. Pero no me dicen nada. Tan solo me permiten avanzar por mí misma. Yo sola. Aprender. En un punto la cosa se pone más complicada. Miro hacia abajo. Me asusto un poco. No te bloquees. Me digo. Tú quieres estar aquí. Y Chema me lee. Aguarda. Se pone a mi altura: “pon el pie ahí”, me dice señalando un saliente. Y yo obedezco. Me voy apoyando. Voy saliendo del escollo con su voz. Y subo. Y subo. Con mis saltitos, mis zapatillas grandes, mi respiración dificultosa y mi torpeza de aprendiz. Pero ahí estoy yo. En “La Laguna Misteriosa”. Y allí, mientras Chema y Migue reían y celebraban el goce de los sentidos, yo no imaginaba dicha mayor que la de ser quien era yo. Por nadie de este mundo me habría yo cambiado. Por nadie.

Seguimos remontando. Llegamos a un nevero. Quizá estoy exagerando, pero lo vi muy inclinado. Me parecía hermoso, lo sentí irreal. Había que pasarlo. Ando sobre él con confianza, pero esta se deshace con mi primer resbalón. Me levanto y me vuelvo a caer. Migue me espera. Él va clavando sus pies para dejarme el hueco hecho, para que acople los míos. Y eso hago. El cielo está en claroscuro, con sus nubes anchas. Los buitres hacen círculos. Y la Sierra es abierta y majestuosa. Cuando estás allí ella te eleva. Como si un gigante te tomara en la palma de su mano para observar qué bicho eres tú. Me caigo de nuevo, miro abajo y sé que me tengo que levantar. Y no sé cómo moverme sin caer.

Pero tengo que aprender. Me rearmo y me impulso, y a medio trabajo Migue me da la mano. Y ya al final de la lengua de nieve, que me quema las manos y me moja la malla, me siento, y me dejo deslizar. Migue me topa con su cuerpo. Me para. Me para en mi caída. Y no me hago daño. Y me río. Y me digo ahora ya puedes decir que cruzaste un nevero. La próxima vez lo harás mejor. Y damos carcajadas. Y miramos los canchales, el caos de piedra que tenemos aún que atravesar. La Sierra indiferente. Y yo, con mis saltitos, mis zapatillas grandes, mi respiración dificultosa, mi torpeza de aprendiz y mis manos heladas por el contacto con la nieve, soy la tía más feliz del mundo.

Así, llegamos al sendero, pasamos por Los Lagunillos de la Virgen, y encaramos la vuelta. Y yo voy en plena explosión de amor por la vida: tanto se parece esa Irene de esta mañana a la Irene que yo soñaba cuando tenía nueve años. Tan afortunada me siento por estar ahí. Con mis saltitos insolventes y desastrosos al bajar, con mis zapatillas grandes, mi respiración arrítmica, mi gran curiosidad de aprendiz, mi corazón henchido y con gente a la que amo tanto y que también me ama, y que me abre caminos para yo ir y venir a mi antojo cuando yo quiera.

Y así troté con ellos hasta donde nos esperaba el coche. Que ya era hora de comer.

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