Cuando un corredor se siente como en casa, por Irene de Haro

“Le lanzo la pregunta al lector. Le insto incluso a contestar. ¿Qué es para usted la carrera perfecta?”
Irene de Haro. Foto de archivo Trail Run. -
Cuando un corredor se siente como en casa, por Irene de Haro
Cuando un corredor se siente como en casa, por Irene de Haro

Mi hogar no es un lugar físico. Mi hogar, al menos ahora lo pienso así, está en las personas en cuya compañía sientes sosiego, autenticidad y dicha.

Voy a trasladar esta reflexión a eventos deportivos (que en realidad, es lo que siempre hago) y valga esta afirmación para resumir qué siente un corredor cuando la organización de una carrera le mima hasta en el detalle más ínfimo. Como te mima alguien que te quiere tanto que te cede el último trocito de chocolate que había en el paquete, porque sabe que te gusta. Aunque a él también le guste…

Hace unos meses escribí un artículo para dar cuenta de qué significa organizar (bien) una carrera. Yo hice mi propia composición más bien de oídas: algunos casos me quedan muy cercanos (como la Mármol Trail Race, de Macael, cuyo organizador es amigo, y escucho sus suspiros desvelados desde mi casa a pesar de los cientos de kilómetros que nos separan), pero me puse muy en su lugar a través de la simple observación: que oye, que yo voy a muchas carreras, y hay muchas que son verdaderas maravillas; y que para que eso sea así, el ingrediente consustancial es el amor a lo que se hace, y luego viene lo derivado de ello: noches sin dormir, quebraderos de cabeza, solución de problemas humanos, logísticos, económicos…, hasta que el arco de meta un día se monta, los corredores lo cruzan, y a las pocas horas, se desmonta.

Esa narración reducida a lo esencial, como ustedes mismos verán, no puede compensar. No puede compensar estar un año currando en horas libres para que 300 tíos y tías en mallas pasen por la línea de meta tras unas cuantas horas, oliendo a perro atropellao. Tiene que haber algo más.

Ahí quedó mi reflexión. Y en julio, una tarde de 40 graditos sin muchos alicientes, me escribe un tal Andrés, de un pueblo de a tomar por saco, para decirme que si quiero ir a su carrera. Miro mapa y miro calendario… y me digo a mí misma: “paso”. Que son muchas horas de coche. Que ya será septiembre y ya estaré en plena pringue laboral; y que habré acabado de correr la OCC pocos días antes, y que eso de hacer otra carrera diez días después no va a ser buena idea, dado el deplorable compendio genético que soy.

Le contesto amablemente al tal Andrés, y me dice que qué pena, que son de un pueblo muy pequeño y que ese día de la carrera, la carrera es el pueblo entero. Eso me interesa. Y lo dejo en modo run run. Y hablo el asunto días después con mi marido y le digo: “esta gente tiene una ilusión bárbara”. Y lo único que ellos querían era la constancia de esa ilusión, de ese trabajo ímprobo, y del valor de su tierra. Así pues, dije que sí. Porque me dio el pálpito de que eso iba a estar bien. Y ya veríamos qué pasaba con mis temas de agenda.

El lugar: Covaleda, provincia de Soria. Y la carrera: “Desafío Urbión”.

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He estado en carreras que me han marcado mucho por diversos motivos. Esta, sin embargo, ha sido para mí un después respecto a lo que supone hablar con conocimiento de causa de las cosas. Sí señor. Organizar una carrera es una puñetera locura. Pero bendita locura la de estos sorianos. Porque el resultado ha sido, lo que para mí podría definirse como “la carrera perfecta”.

Le lanzo la pregunta al lector. Le insto incluso a contestar. ¿Qué es para usted la carrera perfecta?

Y respondo lo que humildemente pienso:

El recorrido: debe tener un algo de interés, ante todo por su belleza. En el caso de “Desafío Urbión” no hay desperdicio. Ni palabras tengo para explicar qué significó para mí la estampa de “La Laguna Negra”. O la visión del soberbio Pico Urbión, cuyo nombre siempre hacía eco en mi cabeza cuando de niña yo estudiaba los sistemas montañosos…

Los voluntarios: a mí me gusta encontrármelos y darles las gracias por su trabajo. Yo los vi a cientos a lo largo del recorrido. Sonrientes, solícitos y amables. Y ruidosos… ¡Encantadoramente ruidosos! Te sacan de punto los joíos con sus gritos cuando ya vas cuesta arriba y se te sale el corazón. No puedes dejar de sonreír, de correr y de agradecer ese aliento que tanto alimento te da…

El trato humano: desde la recepción, a la inacabable bolsa del corredor; desde la charla técnica, al cuidado de los trofeos, de los premios, de las medallas; desde la vestidura del pueblo con un arco de meta tallado en madera, hermoso como yo no he visto otro, a los avituallamientos.

Y el afán de que la carrera no sea solo una carrera… que corone al pueblo. Que le ayude a crear comunidad, a situarse en el mapa. Covaleda forma parte de esa España que tiende a quedar deshabitada. Es un punto en el mapa que no cuenta en nuestro horizonte cuando decimos: “oye, me voy de finde a hacer senderismo, a ver monte”.

Pues señoras y señores. Vayan ustedes a Covaleda. A comer, a respirar, a ver rincones bellos; a conversar con la gente del pueblo, a coger setas… y, ¿por qué no? A correr. Y a disfrutar de un evento que les tiene que impresionar. De corazón. O yo no me entero de lo que vale la pena…

Así, sin más, Paquillo, Andrés, Javier, Pedro, Vidal, David, Sara, Bruce… Covaleda: gracias de corazón por este regalo que me llevo pa mi cuerpo. Y que me quiten lo corrío (¿o no era así?)

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