Crónica de un Desafío, por Arnau Palou

Crónica de Arnau Palou, finalista del concurso DesafíOSOmiedo 2018
Arnau Palou. Foto: Mikael Helsing. -
Crónica de un Desafío, por Arnau Palou
Crónica de un Desafío, por Arnau Palou

Son las ocho cuarenta y cinco de la mañana en Pola de Somiedo. La niebla de los últimos días no aparece. En su lugar un sol discreto nos saluda en este valle encantador de la verde Asturias. Aitana, Patt, Milena, Carles y un servidor pasamos el control de material. Esta vez, Jairo, otro corredor del equipo, no entra a la zona de salida, pero nos acompañará a lo largo de esta aventura en cada avituallamiento que consiga llegar en coche. La suerte está echada; los nervios a flor de piel. Es nuestra primera maratón de montaña.

Se respiran aires de euforia reprimida. Las caras medio dormidas de los participantes desprenden alegría y también concentración. Faltan dos minutos por el toque de salida. Escuchamos los gritos de ánimo de Depa y los aplausos del público situado alrededor del recinto ferial del pueblo. Durante el fin de semana de la carrera, Pola de Somiedo pasa de 220 habitantes a más de 1.000 visitantes, entre corredores, amigos y familiares. En el briefing del día anterior el alcalde nos habló de su tesoro mejor cuidado: el Parque Natural de Somiedo. Nos contó que no se puede acceder a más de un 40% del parque, ya que fue declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO en el año 2000. Gracias al trabajo de conservación, la flora y la fauna de Somiedo siguen intactas. Sus pastos y sus bosques, sus brañas y sus montes, sus lobos y sus osos... ¡Hay más de cincuenta osos por el parque! Mi hermana, primatóloga, me aconsejó que en caso de ver un oso me agache y me quede quieto, estilo Jane Goodale entre aquellos gorilas de Tanzania. No sé si con la excitación propia de la carrera más la de ver la cara de un oso mi instinto me inclinará hacia el suelo o me empujará a correr mi kilómetro más rápido por montaña.

Último minuto. Postureando para la foto de rigor, recuerdo como hemos llegado hasta aquí. El equipo lo formamos una asturiana, tres catalanes, una serbia y una uruguaya. Los cinco vivimos en Barcelona. Nos hemos preparado a conciencia dentro de nuestras limitaciones laborales, buscando horas para entrar y escapándonos de la ciudad cuando podíamos en busca de montaña. Llegamos ilusionados a desafiar el reto. Hoy, viendo el nivel de corredores, con estrellas como Pablo Villa, Mónica Vives, Uxue Fraile o Zaid Ait Malek, me parece una locura más que un reto.

Tres, dos, uno… ¡Arriba! Empieza la fiesta. Aitana me propone empezar juntos estos 44 kilómetros de trazado con cinco mil metros de desnivel acumulado. Aunque me alegro de su propuesta, me pregunto cuánto tiempo duraremos con el mismo ritmín, que dice ella, octava entre las féminas a la Vuelta al Pico Cerler de Benasque. Son siete kilómetros de barro hasta la Peral. Los dos vamos saltando de piedra en piedra mientras nos adelantan corredores cruzando el río por el medio, sin dudas ni miramientos. Todos llegamos sucios y empapados a La Peral, pero estamos frescos y contentos. Nos encontramos a Jairo, que nos anima como si estuviera en una etapa del Tour de Francia. Su energía nos empodera todavía más. Así, llegamos a Braña Vieja, dónde hay el segundo avituallamiento, ya en el kilómetro catorce de la carrera. Nos aconsejan cargar las provisiones al máximo ya que viene una de las partes más duras del recorrido, sin avituallamiento hasta el kilómetro 28.

Una vez hemos llenado los bidones continuamos nuestra ruta. Visualizamos lo que pensamos que es el Cornón, pero resulta ser el Conrín, cuyo nombre no refleja su majestuosidad. En este momento, nos sorprende un ser vivo que, por suerte, no es ni un lobo ni un oso. Es una vaca alterada, bramando nerviosa mientras nos mira ojo por ojo. Acto seguido se nos abalanza como si fuera un toro salvaje. Salto fuera del camino hacia unos arbustos. Me giro para ver a Aitana, pero ésta ha desaparecido haciendo un sprint hacia atrás. Por suerte, nadie se hace daño. Nos reímos de la anécdota un buen rato, hasta empezar a subir el Cornín, momento en que Aitana vuelve a desaparecer, pero esta vez hacia adelante, a su ritmín. Me quedo solo en la soledad del correr. Pensaba que tantas hora por la montaña tendría tiempo de pensar sobre planes de futuro, o sobre el sentido de la vida o del amor. Pero no, corriendo por el monte las horas pasan volando y las vivo en un estado casi de meditación. Los pensamientos vienen y se van, permitiéndome concentrarme en el aquí y el ahora.

La cuesta del Cornón está lleno de banderitas de países del mundo. Un detalle decorativo que aporta magia a la aventura. Esta subida la camino paso a paso, banderita a banderita, sin prisa pero sin pausa. Cuando llego a la cima, estiro todo el cuerpo y tomo un gel mientras contemplo el paisaje desde 2.100 metros de altitud. Las vistas del parque emocionan a cualquiera con sentimientos. El descenso lo vivo como si estuviera esquiando. Toda una disfrutadera. La adrenalina de la bajada me produce bienestar. Siento que las piernas responden, no tengo rampas, puedo estar satisfecho con los meses de entrenamiento. Llego al pueblo de Puerto, que es un auténtico paraíso. Hay un avituallamiento en el garaje de una casa lleno de voluntarios ayudando y animando a todos los corredores. Algunos se retiran pero la mayoría continuamos. Salgo del pueblo corriendo y, aunque me cuesta, encuentro mi ritmín.

Me dijeron que en una maratón de montaña tienes que regular tus fuerzas, aprender a no ir a tope y guardar energía para los últimos diez kilómetros. Seguir estos consejos me permite llegar con algo de fuerza a Valle de Lago, en el kilómetro 37 de carrera. Allí hay una subida de un kilómetro, antes de encontrarnos la última bajada. Empiezo a vislumbrar Pola de Somiedo. El bullicio del pueblo tiene un efecto directo sobre mi rendimiento: vuelvo a sentirme ágil de piernas y resiliente de mente. Consigo atrapar una chica que veía de lejos desde hacía unos minutos y se convierte en mi guía para cruzar el puente y entrar al pueblo partiendo la pana. Estos instantes de gloria y protagonismo son buenos para la autoestima de uno mismo, sobre todo para los que no estamos acostumbrados a ello. La recta final nos devuelve al inicio de la fiesta: música, gritos de Depa, aplausos..., ya llegamos. Cruzo la meta y lo primero que pienso es en cómo le habrá ido a Aitana, a Patt, a Milena y a Carles. Es curiosa la paradoja de este deporte: uno corre solo pero si tienes equipo siempre estás acompañado.

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