Un lugar en el mundo, por Irene de Haro

Si hay metas, tiene uno más ganas de vivir
Irene de Haro. -
Un lugar en el mundo, por Irene de Haro
Un lugar en el mundo, por Irene de Haro

Hoy me he encontrado a Carlos (*). Ahora tiene 17 años. Yo lo conocí cuando tenía 15 y un nivel de incertidumbre brutal en su vida. Él era alumno en el instituto donde yo trabajaba, pero no le daba clase. Era el típico malote algo retorcido pero con buen fondo.

Un día en medio de una clase, la lió. Fui a buscarlo porque yo era la profe de guardia. Él estaba muy muy alterado. Y el resto de su clase callaba en un silencio grave. Ese silencio me daba cuenta de que ahí había palabras mayores: algo gordo había sucedido. El profesor había redactado un parte para expulsarlo, pero no me dio ninguna explicación a mí. Yo simplemente recogí a Carlos y lo acompañé por las escaleras, hacia el despacho del director.

Estaba angustiado, como ido. Muy muy atribulado. Decidí enfriar un poco su ánimo. “¿Me acompañas a dar un paseo y me cuentas qué ha pasado?”, y se encogió de hombros. Porque no quería hablar. Y menos conmigo, que era una profesora, y que iba a darle otra vez por saco con las cosas que él ya sabía. “Solo a pasear, entonces. Nos damos dos vueltas por el patio, y luego ya veremos”. No accedió explícitamente. Pero se vino conmigo.

No iba andando a mi altura. Iba quedándose atrás. No quería estar a mi lado. Supongo que en el conjunto de cosas que aquel día pasaban, yo era parte de la humillación. Pero insistí. Caminé. Caminé esperándole y sin hablar. Y se echó a llorar.

Como paró en seco y se apoyó en una pared, yo simplemente me quedé a su lado. Sabe uno que hay momentos en los que no se puede abrir la vía de la comunicación. Le dejé desahogarse, y me quedé callada. Y esperé a que simplemente estuviera mejor, a que se recompusiera para abordar lo que ahora era menester afrontar: la charla con el director, que se preveía ardua, entre otras cosas, sobre todo, porque Carlos se sabía a sí mismo culpable reincidente.

Allí parada, me remangué. Y él me miró atónito: “¿y esos tatuajes?”. Lo dijo con naturalidad, como si nada de nada de aquello hubiera pasado hasta entonces. Me subí aún más la manga y se los mostré. Hasta el codo. Me tomó el brazo, y me lo revisó. Con detalle. “Qué guapos”, dijo. “Mira este de la montaña qué bonito es”. Y a continuación “yo te he visto a ti en mi pueblo. En septiembre tú corriste en la carrera de mi pueblo. Yo te vi allí”.

Por los tatuajes me conoció.

“Pues sí”, le dije. Yo corrí en septiembre. En su pueblo. Parece que hice podio, de eso se acordaba él, que me vio allí recogiendo mi botella de aceite y mi medalla. “Sería podio por categoría”, le expliqué. Y le conté qué era categoría absoluta, y qué eran los premios por ser senior, veterana o máster. “Ah”, dijo, dándose cuenta de que no tenía tanto mérito mi logro. “Pero aún así está bien”, dijo.

Como él no sabía en realidad cómo era la carrera que yo hice, se lo conté: carrera por montaña, 30 kilómetros, 2.000 metros positivos. Lo de los metros positivos no lo entendió a la primera. Y cuando se lo expliqué con un ejemplo, le pareció de lo peor. “¿Por los pedregales de mi pueblo?”, decía. “Sí, por ahí”. “¿Corriendo?”, insistió. “Bueno… y andando, el caso es desplazarse y acabar”. “Y… ¿para qué? ¿Tú para qué lo haces?”. Y yo: “Carlos, para ser un poco mejor cada día”.

Desde ahí me saludó con simpatía siempre que me vio por el pasillo. Tuvo sus idas y venidas, con toda clase de cosas. Pero parece que picó. Parece, según me ha contado esta mañana cuando le he visto por casualidad, que aunque nunca vino más a preguntarme, se calzó unas zapatillas y se fue por los senderos esos de su pueblo, a correrlos. Y, como me ha dicho esta mañana, a “fogar”. A soltar lastre. “A reventarme vivo subiendo y bajando cuestas”.

Carlos se ha federado. Y lo han acogido en un club, donde tanta buena gente lo ve como un cabra loca que está perdido y que busca su sitio. Busca un lugar donde encajar. Donde lograr algunas cosas. Siquiera sea un poco de quietud para su alma a través del cuerpo.

“Carlos”, le he preguntado. “¿Pero tú estás ya mejor?”. “Maestra -me ha dicho-, cuando corro, no pienso en cosas malas”.

¿Qué serían esas cosas malas que pensaba? ¿Qué cosas malas se pueden pensar a esa edad?

Yo no sé lo que el futuro le deparará. Pero sé que ahora al menos corre. Y que se siente bueno cuando corre. Y que se siente recogido. Y en su lugar. Y que ahí ha encontrado gente que ni sabe ni quiere saber nada de sus mochilas, las que sean a sus 17 años. 

Mientras haya metas hay futuro. Si hay metas, tiene uno más ganas de vivir.

* Nombre ficticio.

 

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