De cómo empecé a correr por montaña

O de cómo la cabra tira al monte
Irene de Haro. Foto: Dynafit. -
De cómo empecé a correr por montaña
De cómo empecé a correr por montaña

Yo no sé decir dónde nacen este tipo de inquietudes, pero recuerdo que cuando era pequeña me imaginaba de vieja. Me imaginaba con el pelo blanco, muy delgada, conduciendo un vehículo tipo autocaravana (porque yo iba de país en país, y sobre todo, de paisaje en paisaje, y tenía debilidad por las montañas) con mi pelo suelto. Me soñaba arrugada. Experimentada. Salvaje.  

A mi corta edad, estudiaba los macizos montañosos en mi libro de Sociales, aquel que mostraba en su tapa una imagen de círculos azules y concéntricos (¿Anaya? ¿Santillana?). Esos textos de geología básica me revelaron que podía suponerse la edad de las sierras, entre otras cosas, por lo escarpado de sus perfiles. A más agrestes, más jóvenes, y ya, de paso, hablábamos de la erosión, de los sedimentos, y he olvidado de qué más, porque mi atención se quedaba varada en aquellas fotos que yo miraba como en rapto, y era caminada (yo) por dentro de la imagen: no yo en la imagen, sino en mí la imagen. Grabada. Era la edad en que la física aún no prohibía esa dimensión.

Cuando andaba por Granada de la mano de mi madre no dejaba de mirar Sierra Nevada. Su horizonte. Yo lo masticaba mentalmente. Y, ante la necesidad de recopilar imágenes para mi particular álbum mental, no dejaba de pelearme por la ventanilla cuando íbamos en autobús hacia el pueblo de mis abuelos, que está en las estribaciones bajas de la Sierra… Cómo me gustaba la aventura de su cortijo humilde, su olor a campo, su frío en la cara de invierno, los perros, los caminos…

Pero tardes familiares de excursión no hubo más que una, según recuerdo. Y no tengo presente aquella tarde con cariño. Hubo mucha angustia. Mucha advertencia. Mucha llamada a la prudencia. Y ahí quedó. Estaba por fin dentro de la foto. Y la foto dentro de mí. Pero yo llevaba yugos. Yugos de niña que no era capaz de comprenderlos, pero sí de vivirlos.  

Así, mi experiencia real de montaña fue ya muy tardía. Pasaron los años, y empecé a buscar tiempo en la montaña como con necesidad instintiva. Me compré una bici, casi sin saber montar. Y me fui, ya con 28 años, por la Sierra de la Sagra, sola, a matarme por ahí, sin ninguna búsqueda de autodestrucción. Era, a decir verdad, un afán de renacimiento, pero fui una inconsciente. Tras una caída que no conté a nadie para no preocupar, pero que pudo ser dramática, la montaña hizo dos cosas conmigo: hipnotizarme más aún (los golpes en la cabeza tienen efectos de lo más variados), y enseñarme que ella puede más que yo.

Por eso, en mi razonamiento, la solución pasaba por ponerme bajo el ala de mentores. Y los busqué con humildad, mirando siempre desde abajo hacia arriba. Y tuve la suerte de ir encontrándome con personas increíbles que ansiaban compartir conmigo la revelación del monte, esa misma que yo había ido intuyendo desde mi primer aliento, pero que no había terminado de abrazar por mí misma. Así, me agregué a senderistas, seguí haciendo mis cosillas con la bici de montaña, y también con la de carretera, que permite de otro modo coronar hermosos puertos; hice lo que pude con el esquí de fondo… y gocé. Sin filtros.

Pero lo mejor llegaría cuando a la experiencia de la montaña le sumara el disfrute de correr. Lo entendí desde la primera salida de trail a la que fui invitada, que me resultó durísima, ya que no tengo condiciones físicas, y en aquel entonces no tenía ni un mínimo fondo cardiovascular. Hicimos una ruta impresionante por Dílar (13 kilómetros o algo así). Pasamos por el río, por bosques, por sendas, subidas, bajadas… con mi opinable corazón y mi nada desarrollada motricidad para bregarme en esos terrenos por completo nuevos para mí. Me afanaba en perseguir a corredores-montañeros avezados, que se movían como seres mágicos entre ramas y piedras.  Y… ¿cómo decirlo? Sufrí, me caí, me avergoncé de hacer esperar a tanta gente,  sentí frustración al constatar que era vieja, que mi cuerpo estaba limitado, que no fluía… y yo quería fluir. Pero, sobre todas las cosas, a pesar de tanta frustración, a pesar de tanto dolor, y del esfuerzo, yo fui simplemente feliz. Yo quería correr. Así que, allí, tras aquella ruta, con mi aspecto de haber pasado mi particular Vietnam dominguero, a mi amigo Edu se lo dije: “esto ya no me lo quita ni Dios”. Y sentí que quedaban trillones de cosas por hacer y mejorar, pero también me sentí indiscutible acreedora de una verdad: el Trail me pertenecía. Era para mí.

Hoy a veces hablo del pasado, y digo: “cuando yo era vieja…”. Y es que sí, el Trail me practica un proceso complejo pero fácilmente comprensible: me madura, me hace crecer, me alimenta, pero, por supuesto, a la par, me rejuvenece, me hace comprender cuán pequeña soy, y me genera hambre. Un hambre sin fondo. Como una sima oscura.

Yo solo quiero subir cumbres luminosas. Y bajarlas. Y correrlas… Y que el camino, y sus piedras, y sus ramas, y sus barros, y sus saltos, sean lo único que importe.

(Gracias, Pablo Castillo. No digo más)

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