Cobarde

Buscando respuestas a por qué corro
Irene de Haro. -
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Cuando corro, disfruto infinitamente. Pero también sufro. Y mucho. Sin embargo, solo recuerdo una ocasión en la que clavando la vista al suelo, llagada, cansada y casi sobrepasada por el calor, me he preguntado qué me llevaba a mí a meterme en un fregado de ese estilo, qué me llevaba a mí a eso de correr por montaña pudiendo tomar vermut en una soleada terraza de cualquier pueblo de las Alpujarras, melena al viento y gafas de sol mediantes, ir a parar a un sitio de mitad del monte, donde ni un árbol se apiada con su sombra, donde sólo se escuchan las moscas volar, y mi respiración de moribunda. Me preguntaba yo que qué hacía con esas zapatillas, pudiendo ir en tacones, que qué narices hacía allí con las manos sucias y la cara sudada, pudiendo gozar las comodidades de la regalada vida del turista de fin de semana. Era aún marzo de 2016 y el sol apretaba. Estaba en medio de la Animal Trail, y sus 38 kilómetros, sus muros de desnivel, me traían a la mente una pregunta que no era circunstancial, sino filosófica: me preguntaba qué coño hacía yo allí.

Recojo aquí mi razonamiento de entonces, que sigo creyendo bueno, y que no quisiera olvidar nunca, porque su verbalización tomó en mí el carácter de una revelación. No todo el mundo puede decir que atisba una respuesta, que cree encontrar el sentido de algo. Ahí va el sentido de mi dolor. Ahí va un motivo más que me espolea a seguir corriendo. Que explica su valor en mi pequeña e insignificante existencia. Aprovecho y comparto mi verdad. Por si a alguien le importa.

Pienso que una de las cosas que definen nuestra madurez es la capacidad de tomar decisiones. Muy a menudo la deriva nos envuelve. Vamos de un sitio a otro sin haber sido artífices verdaderos del movimiento que de hecho ejecutamos. Y vamos. Y tras haber cerrado los ojos fuertemente, tras haber existido en la oscuridad más propia del avestruz que acoraza su cabeza en tierra, un día, a lo mejor, alzamos la mirada. Y hasta nos hacemos preguntas. Nos preguntamos quiénes somos. Nos preguntamos quiénes son los que nos rodean. Nos preguntamos dónde estamos. Y mucho peor: si queremos estar ahí. Tras ese lapso de oscuridad cobarde en el que el universo ha ido tomando decisiones por nosotros, es seguramente ya tarde para reaccionar. Ahora tu existencia te tiene secuestrado en sus inercias. Ahora ya no sabes decir que no, ya no sabes romper con lo que no quieres o con lo que no te gusta. Y es verdad, no lo has elegido tú, pero, qué narices, es tu culpa. Tu culpa por no haber clavado las uñas para agarrarte e impedir irte. Por no haber clavado tus uñas para aferrarte a algo, por no haberte mantenido firme, por haber preferido el alivio momentáneo del daño que se atenúa cuando cedes, a la determinación sin fisura que te dará dolor, pero que te llevará hacia lo que quieres ser. Haciendo lo que se te exige, todos están contentos. Y tú dejas que te lleven a ese lugar que te han escogido, con los ojos cerrados. Y así, de esa manera tan sencilla se pasa un tiempo que no va a volver, y que lo creas o no, se llama vida.

Recuerdo perfectamente la primera vez que determiné que nadie iba a decidir por mí. Recuerdo que fue allí cuando comenzó mi edad adulta. Cuando ante las resoluciones tomadas, solo yo iba a responder: si me equivocaba, si mi decisión resultaba ser un fiasco, nadie sino yo sería responsable. Fue ante el filo de aquella navaja cuando conocí lo que significa de verdad la palabra miedo. Miedo a ser la verdadera responsable de mi vida. Y claro, miedo a equivocarme. Y miedo a soñar demasiado alto… y a caer. En ese vuelo errático, todo indica que quizá lo mejor es aterrizar. Es lo más cómodo. Lo más seguro. Y también lo menos molesto para los que te quieren entero, los que te quieren jodidamente sano y salvo. Te dicen: te tiras tú. Te caes tú. Lo rompes tú. Te dicen. Te advierten. Y tú, que tomabas carrerilla, paras en seco. Porque tienes miedo. Porque la libertad da miedo. Porque equivocarse y no poder mirar alrededor para echar culpas, para exigir responsabilidades, eso, qué coño, eso es el miedo.

Tienes miedo a ser tú, tienes miedo a que esa construcción que vas a ser tú no resulte como lo esperabas. ¿Y si, después de todo, al mirarte al espejo eso que ves no te satisface ni siquiera a ti?  Después haber decepcionado a tantos...

Sin embargo, cuando decides, una parte del botín es para siempre tuyo. No te lo quita ya ni Dios: ya no guardas silencio. Ya no agachas la cabeza. Ya no acatas los destinos como irremisibles. Tiras de la cuerda. Y la rompes. Y haces cosas extrañas, brutales: te largas; no discutes; no quieres llevar razón; vives con poco; no quieres deudas, ni materiales ni morales. Y eso es tuyo. Tuyo para siempre, porque al final, que no se te olvide nunca, que no se te pase por alto, al final solo tienes lo que tenías al principio: al final solo eres tú contigo. Y nadie más.  Ese es tu botín. Ya no hay voces bienintencionadas que conocen qué es bueno para ti. Ni peticiones de que olvides, de que pases por alto, de que aceptes, porque, ya sabes, la vida se te atranca, no fluye y te enfermas. La vida se te vuelve cáncer. No. No más súplicas. No más cosas que desear. Y te dices: yo solo. Yo solo me basto. Yo solo me gusto. Yo solo puedo. Sola. Y si por el camino te encuentro, mejor. Y si me tiendes la mano, te la tomo. Y si podemos reír o llorar juntos, y si podemos soñar… qué regalo. Pero… y si no, no pasa nada. No hay nada que perdonar. No hay nada que decir. Tan solo el deseo de parecerse a lo que uno quiere ser. Muy a pesar de los demás. De sus opiniones. De sus expectativas. Tú decides. Tú solo. En los éxitos. En los fracasos. Y así, de este modo, todo lo que vayas encontrando será un regalo infinito que te hará vivir con plenitud. Sin miedo. Bajo tu responsabilidad.

Son tantas las veces que me preguntan ¿y por qué haces esto? ¿Qué necesidad tienes tú de esto, de correr… como los cobardes? Son tantas las veces… que ya no me quiero explicar. Y la única respuesta coherente es porque puedo. Porque incluso aunque duela, lo he elegido yo. Y puedo. Yo sola. Puedo.

Pienso mucho en esto cuando estoy en el monte, cuando corro, aunque no son pensamientos privativos de mis horas en la naturaleza. Hay otros momentos en los que clavo las uñas de mi corazón y me niego a seguir inercias. Porque muy a menudo hay que decir no a lo que otros esperan de ti para decir sí a la vida. Cuando hago Trail, como si esto fuera una pócima que arrojara la verdad al tomarla, muchas veces ocurre que en medio de una cuesta puedo fácilmente pararme, puedo respirar, y puedo asumir la extensa carga de generaciones y generaciones de personas que no son quienes quieren ser. Lo suyo sí que me parece una locura brutal. Y quiero tanto no ser así, quiero tanto ser otra cosa, quiero tanto adelantar mi mirada y verme el día en que me toque la lotería de morir, y parecerme tanto a lo que quiero ser, que asumo las pérdidas. Con el dolor correspondiente. Pero con madurez. Con mis llagas en los pies. Con mi calor abrumador, con mi monte violeta en la retina, dibujado en mi cabeza, sin significar nada sino solo el momento voraz mismo de vivir y vivir, tan distinto a ese morir y morir de algunos a los que tanto amo y que son pájaros con la jaula enterrada en sus pechos, sin salvación alguna. Cuánto los amo, y qué poco quiero parecerme a ellos. Qué lejos de ellos quiero ir. Cuánto les grito que me sigan,  pero así, cada vez más lejos, con los ojos bien abiertos no ven la libertad que se alberga más allá de la locura. Y, quietos, con sus pies en el suelo, con su cabeza guarecida en tierra, no tienen miedo. La certidumbre de lo oscuro se arma como un muro que les defiende de la vida. Hasta que pase. Hasta que ya no haya peligro.

Yo he visto esa verdad al mirar una piedra del camino en mitad del monte, con llagas en los pies y sabor a sangre en la respiración. Pero he podido contestar a la pregunta de qué coño hago yo allí cada vez que echo a correr. Cada vez que echo a sufrir. Lo que hago es ser yo. Lo que hago es no tener miedo a ser yo. Aunque duela. 

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