Lesión, por Irene de Haro

"No a costa de mi salud"
Lesión, por Irene de Haro
Lesión, por Irene de Haro

Quedaban dos kilómetros. Y yo sabía que algo iba mal. Pero claro, faltaba muy poco, y me esperaba mi compañero para que le diera el relevo.

Yo me había propuesto hacer mi parte de la carrera entera corriendo. Era de asfalto toda. Y todo ascenso. De Granada capital al Dornajo. 25 kilómetros y 1.100 metros de subida, y eso sobre el papel no era un esfuerzo impensable. Has hecho carreras más largas, pensé. Pero, ay, amiga, no habías abordado nunca una carrera con tanto asfalto (todo asfalto), ni habías realizado nunca una carrera con esa subida tan acusada y tendida, de esas que no son para andarlas, y que tu mente va narrando en su trótala al menos, coño, que no es para tanto.

Me había preparado. Pero llevaba unos días dándole vueltas al asunto. No las tenía todas conmigo. Me daba mala espina que yo sabía que en el fondo nunca había corrido durante tanto tiempo. Seamos sinceros. Las carreras de montaña son otro deporte: corres, claro que corres, pero también bajas, o trepas, o andas, y vas pisando piedras, las salvas, te tropiezas… cuando estás medio hasta las cejas de subir, hay que bajar. O llanear. Y cuando subes, vas agachado, apoyando las manos contra los muslos para descansar. Y en algunos puntos, tomas resuello y miras alrededor, que hay mucho que mirar cuando sabes tú que ganar no vas a ganar.

Qué coño. Correr por montaña no es correr por asfalto. No es el mismo deporte. La subida al pico Veleta (mira que lo hice por relevos) era otra puñetera cosa: un pum pum de impactos, repetidos, con el mismo ángulo, con los mismos músculos, en mi caso durante algo menos de tres horas. Y creo que, para mis condiciones, lo hice muy bien. Pero aquello que sobre el papel parecía asumible, me petó: por los impactos, por la reiteración del gesto, por la ausencia de cambios en el ritmo, y porque, para no engañarme, hay que decir que yo sé hacer otras cosas. Que yo corro por montaña. Y que esta carrera no era para mí. Porque ni siquiera disfruté.

Se sumaba, además, el ver a mi Pablo en distintos puntos, animándome, diciéndome lo bien que iba. Yo quería correr. Que me viera correr. Me encantaba la ilusión de su ánimo. Que viera que me iba esforzando. Que iba dando lo mejor de mí.

Y además, mi Gema y mi Encarni en mi corazón, como un mantra. Me había prometido hacerlo por ellas, y mi promesa me había hecho caer en lo irracional (si dejas de correr, Irene… y un montón de cosas que yo no quería que pasaran, que quería evitar que pasaran a toda costa… como si de verdad pudiera haber una relación entre mi esfuerzo y su estado, sus logros y su bienestar…).

Sal a reventar, escuché en la salida. Y puse en modo a reventar mi mente. Sin precaución, porque no me iba a tropezar en una bajada, ni iba a torcerme un pie con un pedrolo, ni nada por el estilo. Y porque no eran muchos kilómetros. A reventar, porque iba en equipo con mi compañero Paco, al que aprecio enormemente, y con el que deseaba mucho realizar este reto.  A reventar, porque tenía que ser capaz de hacerlo muy bien… para… ¿Para qué? ¿Qué habría pasado si me hubiera parado cuando comenzó a dolerme el pie de aquel modo tan atroz? ¿Si me hubiera tomado mi tiempo, si hubiera caminado? ¿Si hubiera tardado diez minutos más? ¿Qué coño habría pasado? ¿Habría faltado a mi promesa con mis mujeres queridas (mi promesa con ellas es diaria: las pienso al despertar y al acostarme, las cuido en mi deseo cada día)? ¿Habría cambiado en algo la historia de la humanidad si hubiera dicho yo “qué coño, que me hago daño, que no sigo, hostia”? ¿Habría sucedido algo en particular? ¿Ha cesado acaso el hambre en el mundo por mi esfuerzo? ¿Se ha alcanzado la paz global? ¿Se habría decepcionado mi marido? ¿Me habría querido menos? ¿Se habrían caído las clasificaciones de una carrera que es una más (como si hubiera sido el UTMB, igual me da)? ¿Ha valido de algo el brutal dolor en mi pie, la imposibilidad de andar, las manos constantes de mis fisios para poner remedio a lo absurdo de una lesión autoinducida? ¿Ha merecido la pena este mes de agosto sin correr, sin caminar, sin viajar?

No te caes. No te tiran. No resbalas. Solo es que no paras a pesar del mordisco que sientes en la pierna, y te dices: ya que estoy, acabo, que quiero hacerlo bien… pero… ¿Para qué? ¿Tan solo por llegar?

En fin, desde el lugar privilegiado y clarividente que me da mi tendinitis del Aquiles, que, por no parar a tiempo, me ha dejado sin agosto, sin viajes y que a lo mejor me deja sin Euráfrica, me atrevo a decir que no vuelvo yo a jugarme un solo pelo de mi cuerpo para dar un paso más solo por darlo. Que acabar una puñetera carrera no me da nada en comparación con poder entrenar al día siguiente. Porque yo no quiero competir más que conmigo misma. Y mi salud no forma parte de esa apuesta. Quiero pasármelo bien. Ser feliz. Seguir corriendo por el monte por siempre. Y si me cuelgo un dorsal, hacerlo bien, sonreír, dar todo lo que sea razonable dar… pero no a toda costa. No a costa de enfermar. Qué coño. A costa de mi salud, no. Que a la humanidad al completo le importa un carajo el puesto que haga yo en una carrera. Sea la de mi pueblo o la de mi puñetera estampa. 

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