Profesionales

Para prevenir y no tener que curar
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Si a algo le tememos de verdad en esta vida, es a la enfermedad. Y nos embarga sin medias tintas cuando se manifiesta, tomándonos por rehenes sin condiciones. Claro está, los grados en que esta nos atenaza son distintos, pero, en términos absolutos, su ausencia es libertad y su presencia esclavitud. Y en ello, claro está, nuestra actitud respecto a cómo afrontamos la situación es muy importante.

La enfermedad, tan puñetera ella, nos sobreviene cuando quiere. A veces nos va avisando. Con pequeños síntomas, con malestares, con disfunciones que antes no estaban. Pero otras veces, ha hecho ya su nido en nosotros, a sus anchas y, cuando queremos acordar, nos ha tomado.

En muchas ocasiones no hay nada que hacer. El cuerpo falla, y la maquinaria presenta alguna tara en sus piezas. Y ahí vamos, encarando del mejor modo posible nuestras cosas. Sin embargo, sin que yo diga que esta sea la panacea que nos compra un billete a la inmortalidad, podemos evitar muchos de estos problemas cuidando nuestro estilo de vida, y a través de la prevención.

Somos deportistas. Se nos presupone un modo de vivir comprometido con nuestro cuerpo. Hacemos nuestros entrenos, planteamos nuestros estiramientos, acomodamos con sentido común nuestro sistema de alimentación… pero a menudo nos sentimos autosuficientes con nuestros conocimientos adquiridos por distintas lecturas: que si tal suplemento, que si tal rutina, que si tales ejercicios para el core… Y en este mundo de la sobreinformación donde, no lo voy a negar, podemos ser bastante solventes, a veces nos equivocamos. Y, oye, no es que no sepamos. Los habrá que tengan talento para adquirir informaciones escogiendo muy bien las fuentes. Pero yo, que acostumbro a no dármelas de nada, prefiero ser dócil y dejarme aconsejar por los expertos. Y en la medida en que puedo, aprendo y aplico por mí misma, pero tras un análisis hecho para mí por alguien que sabe: no aplicando una plantilla para la generalidad de la población.

Este artículo pone el acento en la ayuda que suponen ciertos profesionales para hacer que nuestra salud como corredores perdure. Para cuidarnos. Para prevenir y no tener que curar. Paso de puntillas sobre cuestión de que todos deberíamos hacernos un chequeo médico (con sus análisis de sangre y orina al menos) una vez al año a partir de cierta edad. Pero esto debería regir para toda la población. Como digo, me centro en lo particular del corredor.

Comenzaré por la cuestión de tener un entrenador. O al menos un asesoramiento. Alguien que te sitúe, que te racionalice la actividad. Las personas que corremos tendemos al patrón del sobreesfuerzo. Tendemos a hacer más, y cada vez más fuerte. Tendemos a querer superar cada día lo hecho el anterior. Nos dan miedo los descansos. No le vemos la razón a la práctica de otras disciplinas (para correr hay que correr, te dices) y muchas veces sumamos kilómetros basura sin solución de continuidad. Y en ocasiones, sin que encuentres una explicación posible (porque, total, tú entrenas mucho), vas a peor. Y lo más triste, te lesionas (hombre, hacer tres maratones en un mes igual no es lo que se dice “sano”). Un buen entrenador te sitúa. Te da claves. Te ofrece sesiones de entrenamiento cruzado (gimnasio, ejercicios de fuerza, bicicleta, core…) en una proporción ajustada a tu bagaje. Cosa que, con todos mis respetos, ninguna planificación estándar hallada en internet puede hacer. Y te incide en los descansos. Y te explica que hay semanas que son de “carga” y otras de “descarga”. Y te enseña. No digo yo que con el tiempo un usuario medio no pueda adquirir conocimientos y una cierta suficiencia, pero hay un sentido común en esto que se adquiere por mímesis, por práctica mesurada, siguiendo los parámetros marcados por quien sabe.

El fisioterapeuta es otra figura clave. Qué pena me da ver que la gente solo acude a este profesional cuando se rompe. “Es caro”, te dicen, cuando gastan en dos rondas de cervezas lo equivalente a una sesión de descarga. A mi humilde entender, las manos de un fisio son irreemplazables, y al menos tras las competiciones, deberíamos dejar que nos pasarán la “ITV”, a nuestros músculos, a nuestros tendones. A nuestro cuerpo que tiende a desequilibrarse machacado por tantos impactos de la carrera contra el suelo. Nadie te discute sobre la necesidad de cambiarle el aceite al coche cada tantos mil kilómetros. No entiendo por qué nuestro cuerpo no merece el mimo de al menos una sesión mensual en la camilla de un fisio, preventiva, antes de que las tendinitis, las bursitis o la sobrecarga nos obliguen a parar, a veces de por vida.

El nutricionista es otro clásico. Este debería enseñarnos claves para hacer nuestras ciertas pautas de alimentación.  Enseñarnos, para más allá de las competiciones y de los entrenos, comprender cómo nuestro cuerpo hace uso de su combustible. Para, bajo la premisa del raciocinio y del cuidado, naturalizar una pauta de conducta que en el siglo XXI hemos desvirtuado: la de nuestra manera de comer.

Y qué decir de la prueba de esfuerzo. Qué decir de aquellos de nosotros que hemos acometido carreras de larga distancia y larguísima duración. ¿Cómo estamos tan seguros, a pesar de nuestro entrenamiento y  de nuestro cuidado, de que nuestro cuerpo está en condiciones de enfrentarse a competiciones que exigen esfuerzo máximo durante decenas de horas? Cuando las acabas, y miras tu pedazo de reloj (ese que te ha costado como mínimo 400 pavos), y este te dice que has pasado la mayor parte del tiempo al 90% de tu capacidad cardíaca… ¿Es seguro que el sistema lo aguanta? ¿Que no se hace daño? Nos han dicho lo de la prueba de esfuerzo cientos de veces. Y asentimos. Y decimos que sí. Pero de nuevo, nos da pereza, nos parece cara… o nos da miedo.

Lo del precio… bueno, ya dije en alguna ocasión que eso de que correr es barato es una mentira de las gordas. Pero creo que muy a menudo perdemos la perspectiva de nuestras prioridades. Y adquirimos bolsos de cientos de  euros, o pagamos facturas de teléfono exorbitantes, o sumamos una cerveza aquí y otra allí (yo soy más de refresco o zumo, pero igual da)… y ese dinero que se nos va no nos duele. Lo gozamos. Con nuestro cuerpo saludable que se deja hacer por nosotros. Qué gusto pensar que sea así cuanto más tiempo mejor. Y qué tremendo varapalo cuando se nos rompe, y mucho más cuando dicho desastre podía haberse evitado con un poco de humildad, en las manos de profesionales que consideramos muchas veces caros, sin pensar en cuánta miseria nos evitan, y sin pensar, por otro lado, que qué narices, que viven de eso. Que ahí está su pan. No querremos que nos lo hagan gratis…

(Gracias: Pablo Castillo, Sergio M. Lobato, Laura  Cuenca, Begoña Casuso, Tati García y Manuel Varo) 

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